Usó, J. C., ¿Nos matan con heroína? Sobre la intoxicación farmacológica como arma de Estado, Ed. Libros Crudos, 2015

Bueno, por fin llegamos al cierre del tema, por nuestra parte, de un asunto al que hemos dedicado demasiadas horas “robadas” a otros deberes del Centro. Y finalizamos con el libro que lo empezó todo, el ínclito ¿Nos matan con heroína?, de Juan Carlos Usó.

Lo primero que tal vez debiéramos hacer es reflejar lo expresado en la introducción de A los pies del Caballo, el libro-contestación de Justo Arriola al texto presente; en concreto, en un fragmento de la correspondencia mantenida entre ambos y en la valoración de éste último: “Usó aseguraba haber escrito su libro porque se dio cuenta de que “hay un montón de gente joven con el seso sorbido por mitos, prejuicios, estereotipos sin fundamento… Personas que necesitan reflexionar antes de repetir en modo papayayo las narraciones que ideológicamente más les cuadran o les convienen, sin detenerse a pensar en la realidad de los hechos. Es por eso que el título del libro (tomado de un artículo que publicó Eduardo Haro Ibars en 1978) lleva interrogantes, porque no pretende ser una afirmación -ni negación- de nada, sino una invitación a la duda y, por tanto, a la reflexión” Personalmente me parece perfecta esa intención, pero en su artículo en la web sense nom, en su libro y en sus comentarios en diferentes páginas de internet llama mito, conspiranoia e, incluso, cuento chino a la tesis de la instrumentalización de la heroína por el poder. Además, quienes la defendemos somos calificados de conspiranoicos, irracionales, prejuiciados… y de “avispero de autoengaño.”” Sin embargo, nosotr@s debemos decir que no es éste un texto en el que se falte al respeto a determinadas personas. Es mucho peor que eso…

En ¿Nos matan con heroína? no encontramos ni por asomo esa voluntad de problematizar un debate, lo cual nos parecería estupendo, ni de desmentir con fundamento y rigor la idea concreta, por ejemplo, de que hubo utilización con fines políticos de la introducción de la heroína en la “Transición” y en concreto en Euskadi. No. Por el contrario, Juan Carlos Usó nos regala una disertación, supuestamente crítica (lo contrario, en realidad) sobre la “conspiranoia” y sus raíces psicológicas (ya se sabe; como mínimo: irresponsabilidad, victimismo y autoengaño), sin sustentar su argumentación de un modo ni mínimamente adecuado. Por cierto que, al respecto, en el capítulo final (como ya se intuía en todo el libro) se mete directamente en el mismo saco a quienes creen que Donald Trump u otros dirigentes son “reptilianos” venidos de otro planeta para explotar a los humanos y a quienes defienden (defendemos) la necesidad de considerar los motivos reales que subyacen a determinadas actuaciones económico-políticas. Estupendo. Es una buena descripción de un libro supuestamente “riguroso y fundamentado”. Que esto lo dijera cualquier tertulian@ de bodriodebate televisivo sería triste; que lo afirme un historiador, que debe conocer los procesos del acontecer mundial (del siglo XX, por ejemplo, y sin necesidad de irnos más lejos…), incluidas algunas cosillas sin importancia como la explosión del Maine, el hundimiento del Lusitania o los sucesos del Golfo del Tonkin,… o cómo se gesta la prohibición de (algunas) drogas, por poner cuatro ejemplos de los miles posibles, es sencillamente un insulto a la inteligencia.

Todo ello, como decimos, en un capítulo final en el que el autor sigue los insufribles “razonamientos” de vari@s “teóric@s”, azote de conspiranoic@s, que buscan las claves psicológicas de determinados posicionamientos políticos. Esto, por cierto, incluso nos recuerda un poco a quienes desde cátedras norteamericanas disertaban sesudamente sobre los motivos que llevaban a actuar a determinad@s líderes revolucionari@s, desde Mariátegui al Che Guevara, pasando por Sandino, Tamara Bunke o Celia Sánchez. Parece ser, según ell@s, que el impulso de participar en movimientos políticos no tenía nada que ver con la observación y la vivencia de la explotación, del expolio y de la injusticia, sino con que tenían problemas con sus padres u otros de orden familiar o sexual.

Pero dejemos la insanía mental, (de semejantes “teóric@s”, no de Sandino o de Bunke), para volver a un libro que, como ya os dijimos en su día, sólo finalizamos por pura disciplina laboral y que, todo sea dicho, en este caso concreto no sabemos quién diantres nos mandaba tener…1 Justo Arriola, en todo caso, nos ahorró muchísimo tiempo en esta respuesta, en la que (y dado que él aportó, entre otras cosas, los datos más concretos en un libro entero de 496 pp.) sólo expondremos algunas reflexiones.

Juan Carlos Usó, atrapado por datos que no tiene cómo ocultar, a lo largo de la página 139 hace una mínima “matización” (aunque muy parcial y endeble en su segunda parte) a lo dicho en el resto del libro. Debemos decir que si el tono del texto completo hubiera sido ése, solamente hubiéramos expresado nuestro desacuerdo respecto al peso de las pruebas y, tal vez, le habríamos echado en cara que no hubiera aplicado (ni de lejos) la misma vara de medida que la utilizada para denunciar, por ejemplo, la motivación política de la persecución de las sustancias psicodélicas. Nos habríamos ahorrado así un libro lleno de soberbia, de descalificación y de elitismo, una selección y administración tremendamente sesgada de hechos y procesos, razonamientos tramposos y otros que ni tan siquiera se acercan a cualquier denominación que tenga que ver con la lógica. Todo esto, sin embargo, nos “obliga” a hacer un examen crítico más contundente (y desde luego, más largo) de lo que nos habría gustado. Y, por cierto, ya que hemos sido denominad@s “conspiranoic@s”, “victimistas”, etc, etc. (y de los insultos a Arriola, mejor ni hablamos…) nos parece que estamos en nuestro perfecto derecho de contestar en los términos en los que lo vamos a hacer en este comentario al libro; y no por faltar al respeto, sino por intentar no faltar a la verdad.  Empecemos…

Efectivamente, el propio Usó había reseñado algunas ¿conspiraciones?, (tomándolas directamente en muchos casos de su maestro Escohotado), como la información relativa al programa MK Ultra implementado por la CIA para investigar los posibles usos bélicos de algunas sustancias. Pero también vemos las referidas a la intención de algunos gobiernos de poner freno a la subversión política que subyacía realmente a la prohibición de las drogas psicodélicas; impresiones, en este caso, del autor (sin fundamentar; dándolas por obvias) que encontrábamos en su texto Drogas y cultura de masas: España (1855-1995) y también en el presente.2 Y no queremos decir con esto que neguemos que existió esa voluntad de ciertos gobiernos y poderes fácticos (sí demostrada en otros textos), sino que el modo en que Usó la expone aquí es francamente inconsistente y, además, incoherente con el resto de su “argumentación”. Por cierto que la demagogia es omnipresente en el libro, y es más complejo y extenso contestar a este tipo de manipulación que a las mentiras más flagrantes; las del discurso prohibicionista, por ejemplo.

A juzgar también por las reacciones en algunos foros de debate, es una idea generalizada en determinados grupos la de que se puedan denunciar motivaciones políticas en la prohibición de algunas sustancias, las psicodélicas, y no en la utilización de otras con fines políticos similares. Por un lado, pareciera que afirmar que existe la introducción (o, independientemente de si es la primera vez que se consume la sustancia en algún lugar), la difusión masiva o la permisividad selectiva con una sustancia, en unas circunstancias sociales y legales determinadas, es sinónimo (para dichos grupos) de arremeter contra la sustancia en sí y de apoyar la prohibición, y no de exactamente lo contrario. Y, como ya dijimos en la anterior reseña, es obvio que los mismos grupos de poder que ilegalizan determinadas sustancias y no otras son los que utilizan las condiciones provocadas por esa ilegalidad con fines políticos. De hecho, y entre otros muchos objetivos, para afianzar la propia prohibición, que tanto beneficio les reporta. Por otro lado, el discurso de Usó revela una cierta falta de voluntad (digámoslo así…) de pensar en la existencia de varias motivaciones que pueden confluir en una determinada acción, y, además, mezcla variables completamente distintas. Vayamos por partes, comenzando por ésta última.

En el caso de que (como argumentan también los propios Usó, Escohotado… y otr@s autor@s para nosotr@s más fiables) detrás de la prohibición de determinadas sustancias psicoactivas psicodélicas existiera una voluntad de frenar preocupantes movimientos contestatarios en los 60s; que dicha prohibición se tratase más bien de un intento de lucha contra una “herejía política” y de prohibición de la disidencia… ¿Eso convierte automáticamente a los fármacos psicodélicos en caminos directos a la revolución final? Es evidente que son dos asuntos distintos; lo que determinad@s dirigentes crean y lo que realmente contribuya a producir el consumo de una sustancia. De modo paralelo, independientemente de la farmacología concreta de la heroína, si algun@s mandatari@s consideran que su utilización puede funcionar como elemento distorsionador y/o desactivador de la movilización política (y además cuentan con experiencias “exitosas” a las que copiar) evidentemente lo harán. El propio Nixon, por ejemplo, calificó a la metadona como una droga contrarrevolucionaria; aunque él lo decía como atributo positivo… Pero en ningún caso, esto supone considerar la heroína como una especie de “droga del demonio” en sí, sino que, como siempre, habrá que considerar sus potenciales utilidades y riesgos en función del uso que se le dé y de las circunstancias en las que éste se produzca.

En todo caso, como ha puesto en evidencia el lugar político en el que han acabado “insignes psiconautas” (desde el propio Escohotado, a Sanchez Dragó pasando por Savater o el propio Usó, etc, etc…) los poderes fácticos podrían haberse preocupado algo menos por la revolución asociada a la psicodelia. Sobre este asunto en particular habría muchísimo que decir, claro. Se han llenado miles de folios de ensayos, y se podrían llenar muchos más, sobre cierta confusión entre la existencia de herramientas con interesantísimas utilidades y con potencial transformador (o conservador, si se vuelven a asumir los patrones dominantes y no se trabaja para cambiar la cosmovisión general y las condiciones sociales colectivas) y el hecho de que por su uso se dé necesariamente una transformación revolucionaria, para la que hacen falta una infinidad de procesos de comprensión y, quizá sobre todo, una voluntad firme. Lógicamente, éste no es el momento ni el lugar para profundizar en ello y en otras muchísimas consideraciones ético-políticas, y hacerlo nos desviaría demasiado del tema.

En relación a la multiplicidad de intenciones por parte de los grupos dominantes, no acabamos de adivinar por qué a algun@s les resulta tan complicado comprender que se puedan dar varias a la vez y que éstas no sean excluyentes. Es decir: se admite que hay motivos económicos y políticos detrás de la prohibición; que pesan más los segundos que los primeros (aceptando una distinción que ahora matizaremos) en el caso de la psicodelia, y viceversa, en el de los opiáceos, por ejemplo. Por otro lado, el autor no duda de que haya también intereses crematísticos (de puro enriquecimiento personal)3 en el aprovechamiento de las delirantes condiciones que genera la prohibición, y de que los tres confluyeran en la Guerra Fría, pero, según él, es de “conspiranoic@s” aplicarlo a la contrarrevolución interna; como una más de las estrategias, claro, no como la única. Esto demuestra entre otras cosas lo bien que entiende Usó uno y otro proceso; en realidad, análogos en su función, pero con extensiones distintas y otras muchas diferencias concretas.4

Y hablamos de aplicarlo a la contrarrevolución no sólo, ni fundamentalmente, porque las cualidades farmacológicas de unas determinadas sustancias, insertas en unas condiciones legales, personales y sociales, las hagan más propicias que otras para desactivar resistencias al orden actual. A ello hay que superponer, por esas mismas condiciones contextuales, la adulteración, el disparatado precio, la desinformación, la infiltración, la propaganda y el condicionamiento social, (desde el realizado por los medios de “comunicación” al del sistema educativo vigente), la presión policial directa, etc, etc. con todas las dificultades que genera esto en un movimiento y en su entorno; no, obviamente, por “envenenamiento” o por que los efectos de la sustancia (repetimos, en sí) conduzcan necesariamente a la desmovilización.Todo ello entendiendo que estos elementos confluyen y se amalgaman, de modo que en ocasiones son casi indistinguibles.

En el caso concreto de la heroína, tenemos, al menos:

a) una sustancia que, de por sí, efectivamente tiende a generar (además de otras sensaciones y efectos, algunos de ellos positivos, claro…) despreocupación, y ello puede derivar en una tendencia a alejar los problemas sin tratar de resolverlos.

b) una sustancia que tiene un relativamente alto potencial adictivo; y decimos potencial, no una fuerza irresistible, mayor que la de algunas y menor que la de otras, y lejos de atribuirle características demoníacas ni, por supuesto, cualidades morales exclusivas de las personas.

c) en relación con lo anterior, que somos bien conscientes de los muchos elementos contextuales que llevan a desarrollar una adicción (a la heroína, al móvil o a lo que sea…) y que éstos son tan complejos que ni en sueños los abarcaríamos todos. Pero sí diremos que la sociedad actual, (particularmente para algunos grupos, en determinados lugares y momentos históricos), se parece más a la jaula que al parque de ratas del experimento de Alexander.

d) que el Estado Español durante la Transición (por centrarnos en un ejemplo) reunió las suficientes claves políticas (de lucha, de desencanto, de engaños, de paro, de exclusión y marginalidad, de nacionalcatolicismo arrastrado tras 40 años de dictadura, etc, etc…) como para parecerse todavía menos a dicho parque.

e) que evidentemente no sólo lo que está en relación directa con el consumo y sus efectos, sino todo lo que generan las aberrantes condiciones legales, posibilita: orquestar una represión selectiva con criterios reaccionarios, conseguir fondos para financiar grupos paramilitares o parapoliciales, “justificar” un mayor despliegue policial y, aún más, conseguir que sea la propia población la que reclame más “seguridad”, introducir elementos de distorsión (incluidas las disputas internas) en los movimientos sociopolíticos que, de por sí, se mueven en un equilibrio muy delicado y cuya construcción (y siempre es más fácil destruir que construir) es muy complicada, etc, etc.

Y, cómo no, también profundizar en el discurso que “legitima” la prohibición.

f) que a esas condiciones político-legales se suman las sanitarias, que incluyen: una enorme desinformación y falta de conciencia de la relación entre usos, placeres y riesgos de la sustancia en cuestión, el completo desconocimiento del SIDA y la inconsciencia también respecto al contagio de la hepatitis y otras enfermedades, etc…

Respecto a esa “matización” que teníamos pendiente, diremos la obviedad de que cualquier separación entre política y economía es puramente expositiva, aunque también es obvio que a quienes abrazan las tesis neoliberales les es del todo imposible (por falta de voluntad, claro) comprender clave alguna de la economía política. Entrar al juego de hablar de “arma de Estado” (y ésta es una de las debilidades que señalamos del texto de Arriola) oculta más que aclara y no permite entender que la motivación última de las acciones de algun@s dirigentes y, evidentemente, esto incluye la represión a la disidencia, obedece a la intención de mantener un determinado orden económico. Dicho de otra forma: bajo condiciones capitalistas, la maquinaria del Estado no es sino la correa de transmisión de los intereses del capital. Por eso, cuando hablamos de grupos de poder o de poderes fácticos, aunque los términos parezcan vagos y si no queremos vernos obligados a una larga disgresión para explicar esto en profundidad, éstos son más precisos que Estado, así a secas, a no ser que eso del “Estado” se explique muy bien…

Evidentemente, hay claves que no son estrictamente económicas, o en las que la economía no es lo más determinante. Pero cuando la UE (por no centrarnos sólo en el polo de los EE.UU) mantiene cierta posición geopolítica en Oriente Medio, en América Latina o en África, no es por cosas como la “democracia” y la “libertad”, sino por otras, como el control de fuentes energéticas y minerales, de los caladeros de pesca, de los recursos hídricos o para apuntalar la implantación de transnacionales… Por poner otro ejemplo aterrizado en nuestro tema, lo revelado por el Informe Kerry, a saber, la creación de cárteles en América Latina por los propios servicios secretos de EE.UU. como forma de: a) generar estructuras controlables, para introducir posibles “puntos de palanca” políticos desde los que instigar desestabilizaciones o intervenciones; b) canalizar “envíos” y conseguir financiamiento clandestino en momentos, como el del apoyo a la “contra” nicaragüense, en que se estimase conveniente; y, por supuesto, c) para aprovechar todas las posibilidades de control social que “otorga” la política prohibicionista; todo eso, decimos, sirve en última instancia para mantener unas condiciones de expolio económico y de dominio neocolonial.

Pero bueno, que nos ponemos a escribir sobre política y se nos va la mano de la extensión de lo que no pretendía ser más que un comentario crítico del libro. Sin embargo, cierto es que para hablar de política de drogas parece, según algun@s, que sólo haya que saber de lo segundo y no de lo primero. A Arriola, de hecho, se le cuestionaron sus conocimientos sobre drogas y, en realidad, no sólo éstos no son escasos, sino que además tiene muchísima más formación política que Usó.

Contestemos ahora a otros elementos más concretos del libro, que demuestran la precisión, la calidad de la investigación y el espíritu crítico que destila el texto. Ya os comentamos que el libro de Usó es una caja de sorpresas… negativas. Pasemos de puntillas (porque nos alargaríamos demasiado) sobre el olorcillo que desprende el capítulo sobre el opio, en el que las políticas de las potencias coloniales son equiparadas a las de las colonizadas… en las cuatro páginas con las que despacha el tema. O sobre la magnífica cita que abre el segundo capítulo (el tercero lo abrirá una del ínclito John Locke, por cierto): “El narcótico es el olvido, y procurar olvidar es un derecho que no puede restringir una sociedad que todavía no ha logrado suprimir las penas del corazón ni del bolsillo. Luis de Bonafoux (1912)”; como se ve, toda una apología de la evasión, por parte, por cierto, de un “ilustre” de sangre azul, bien relacionado con Cánovas del Castillo y que jugó a relacionarse con el anarquismo en los últimos años de su vida.

Reparemos además en que el título de este segundo capítulo, “Antecedentes conspiranoicos en los orígenes de la prohibición de drogas en España”, parece dar a entender que la prohibición en España tuviera como origen a la “conspiranoica izquierda”, que es contra la que comienza su “argumentación”. De hecho, Usó menciona una “Liga Popular para la Cultura Moral y Física” de la que luego confiesa: “ignoramos si dicha liga llegó a constituirse, pero el caso expuesto dice mucho de la naturaleza de la formación regeneracionista del movimiento obrero” (la cursiva es nuestra), y que, por si fuera poca dicha ignorancia, toma como ejemplo de todo el movimiento obrero. Tras ello, cita el caso particular de un periodista, Fray Gerundio… Todo muy sólido.

Por cierto que al respecto de las fuentes utilizadas, hay que decir que el autor no sólo toma a la ligera la parte por el todo en estos dos casos (y en otros) sino que en todo el texto, tirando de hemeroteca, basa buena parte de su “fundamentada investigación” en lo que afirman algunos diarios. Cualquier día presentaremos un trabajo de investigación sobre la voz de la “conspiranoica izquierda” en el tema de las drogas a partir de recortes de El País, El Mundo o el ABC. Ironías aparte, la (muy mala) mezcla entre “la voz” de (“tod@s”) l@s obrer@s, la intención de la prensa y la de las autoridades es mucho más que endeble, y aún más teniendo en cuenta el título del capítulo, referido a un país en el que, upsss, la prohibición, como en otros tantos, fue impuesta y no se llevó a cabo por motivos endógenos; sin minusvalorar lo que la industria farmacéutica local y/o el nacionalcatolicismo hubieran sido capaces de hacer por su cuenta, claro…

En definitiva, el discurso del capítulo es todavía más deficiente que el que ofrecía en Drogas y cultura de masas: España 1855-1995,5 y contiene afirmaciones que “explican” cómo el comportamiento obrero “mimetiza” a lo tenido como valioso “por sus enemigos de clase” o sobre el papel de los medios de “comunicación” en la conformación del modelo de consumo, y de sociedad en general que sorprenden en un historiador que además es sociólogo.6 Bueno, en realidad, y remontándonos a los orígenes de la segunda disciplina, dichas afirmaciones las habría aprobado el propio Comte, que fundamentó la física social precisamente para mantener a cada persona y grupo en el sitio que le corresponde de la pirámide jerárquica.

Seguimos avanzando (penosamente) en el libro, encontrando argumentaciones tan “potentes” como la que sigue a la constatación de que en la Guerra Fría (aceptando el término) se acusó falsamente a las potencias comunistas (sobre todo a China) de inundar “Occidente” con drogas para minar su impecable moral. Haciendo una pirueta lógica que provocaría el suspenso en filosofía de alumn@s de bachillerato, lo dicho es una prueba de que siempre una acusación sobre este asunto es falsa; la haga quien la haga y se dirija contra quien se dirija.7

Así llegamos a la “leyenda” en torno a l@s Panteras Negras, cuyo “desmontaje” es otro insulto a la inteligencia; un capítulo en el que (wikipedia mediante) nos caracteriza a dicho grupo, siempre poniendo cuidadosamente el acento en sus errores (que obviamente cometieron) y no tanto en las agresiones que sufrieron (y que facilitan mucho esos errores). En él, Usó utiliza eufemismos que rozan el puro falseamiento, como “ingesta involuntaria de un potente barbitúrico por parte de Fred Hampton” antes de ser “secuestrado y asesinado” (a cursiva es nuestra), para no decir claramente que le drogaron para poder matarle de modo más sencillo.

Es recurrente que Usó en todo el libro ofrezca como fuentes fidedignas algunos testimonios personales y descalifique otros independientemente del sustento que tenga cada cual, simplemente en función de si corroboran o no su tesis. Incluso vemos como tras una absoluta descalificación del testimonio del Pantera Negra Michael “Cetewayo” Tabor, cuando éste dice algo que conviene, sí que lo encuentra fiable, y refleja la autoría de su aportación… en una nota del final del libro. Antes de todo esto, se extractan testimonios “muy interesantes”, como el del liberal español Luis Racionero, que estudiaba en Berkeley (y que, sin duda, debía ser buen conocedor de las zonas más dañadas de los barrios…) que, como no menciona (tampoco para desmentirlo) el uso intencionado de la heroína, que se convierte en prueba fiable. Además hay otras maneras curiosas de administrar la información (¿quién ha dicho trampas…?) como negar, en el cuerpo del texto, la implicación de la introducción de heroína en un caso de infiltración policial, para extractar después un fragmento en el que se reconoce que sí existía dicha implicación… de nuevo en una nota del final del libro, que tanta gente leerá.8

Poco más tarde, al final del capítulo (p. 38), Usó utiliza otros “argumentos” para “desmentir la conspiración”, como el hecho de que “también había camellos negros”; algo a lo que, en realidad, contesta él solito en un aspecto (a sumar a otras cosas de perogrullo, y por si hiciera falta ante semejante demostración de lógica), al reconocer la obviedad de que el FBI, sus “jefes”, preferían (y prefieren) “chulos de barrio, jefes de pandillas, matones y camellos” antes que grupos políticos que buscasen transformaciones sociales.

El culmen de tanto despropósito llegará con el documentado caso de los cinco traficantes infiltrados en los barrios negros que resultaron ser agentes del FBI. Según Usó, y ante la inexistencia de un artículo en el Washington Post de John Edgar Hoover confesando amargamente, no sólo debemos creer que estaban actuando por libre sino que dicha falta de confesión se convierte en la prueba (¿?) de que no se utilizaba esa fuente de distorsión y merma del movimiento junto a otras estrategias contrainsurgentes … dadas las condiciones de ilegalidad vigentes (¿lo dijimos ya…?) y el contexto sociopolítico de estos barrios.

A esto le siguen otras pseudoargumentaciones que hacen que duelan los ojos, como pretender que casos particulares (en concreto uno, si no contamos mal…) de algun@s que eligieron la irresponsabilidad y asumir el papel al completo de yonkis, hace que tod@s aquell@s que consumieron heroína en esos años y que, por unas causas o por otras, descarrilaron, fueran iguales. O el brillante párrafo (p. 45) que no merece ni un comentario aparte: “Sin embargo, las acusaciones que han llegado a presentar a la CIA como “el mayor narcotraficante del planeta” nos obligan a meditar acerca de si su papel -o el de cualquier otra agencia similar- podría ser viable, o no, sin la elección personal de cada uno de los sujetos implicados, es decir, de cada uno de los consumidores de heroína. De tal manera, con los argumentos esgrimidos, no estaría de más que nos preguntáramos qué resultaría más acertado, si presentar a dichos sujetos como víctimas involuntarias de los servicios secretos estadounidenses o bien calificarlos de colaboradores inconscientes de la CIA”.

Pasemos de puntillas también, para no hacer demasiada (mala) sangre, sobre pasajes tan memorables como éste: “Desde luego, preferimos el lenguaje poético que definía los estados ebriedad (…) cuando, por ejemplo, no existía la noción de síndrome de abstinencia y el cuadro de síntomas de la carencia de opiáceos se definía como intensa añoranza”, que deja claro lo grande que le queda a Usó comprender algunas cosas, el tamaño de su ego académico y el de su torre de marfil, para asombrarnos a continuación con la insostenible conexión directa que traza entre la (efectivamente, ridícula) teoría de la escalada y la de la utilización política de la heroína. Una prueba más de que lo que hace Usó en todo el texto se parece más a barajar las cartas, para sacar después siempre la misma de un mazo diferente, que a construir un análisis con una mínima coherencia lógica. Por cierto que al final del texto, en un claro ejercicio de proyección psicológica, acusa a l@s “conspiranoic@s”, partidari@s de la plot theory, de utilizar la práctica del cherry picking; a saber: seleccionar incoherentemente datos para agruparlos de modo arbitrario dando la sensación de una falsa coherencia. No sé si es cosa nuestra (y no porque precisamente nos haya tocado trabajar recogiendo cerezas), o es que aguantar el uso recurrente y hortera de anglicismos (también working class, establishment, etc.) era lo único que nos faltaba a estas alturas de libro…

Tras ello, a Usó no le duelen prendas en introducir su capítulo sobre los movimientos autónomos en Italia y los independentistas irlandeses, (y despacha a ambos en escasas cinco páginas) con una cita de San Agustín (¡!): “Los que no quieren ser vencidos por la verdad, son vencidos por el error”, que también pone en evidencia el tono del texto. Es un capítulo éste en el que además hace la “observación”, muy lejana de poder ser considerada como un “razonamiento”, sobre la diferencia entre las “soluciones militares” a la subversión y lo que nos ocupa: “Nadie se cuestionó por qué no se había producido un intento de rechazo en los colectivos más afectados –falso; sí que se hizo– ni por qué en países como Chile, Uruguay y Argentina se había apostado por “soluciones militares” y no por la introducción de heroína, para frenar las subversión”. Un fragmento en el que, no sólo por la pobrísima comparación (a la que se hubieran podido añadir, por ejemplo, también otros métodos contrarrevolucionarios en Europa) sino por toda una serie de condiciones histórico-políticas que cualquiera conoce pero que Usó decide ignorar, en lo que constituye, aún más viniendo de quien viene, otro insulto a la inteligencia. A esto también contesta Arriola, claro…; contundente a la par que perplejo.

Ya dijimos que son permanentes los intentos de ridiculización de algunos análisis políticos; mucho más certeros que el suyo, en realidad. En unos casos son de cosecha propia; en otros, por ejemplo, de José Cervera (periodista y bloguero al que también sigue en el insufrible último capítulo), acudiendo irónicamente, entre otros, a los epítetos “maquiavélico”, “maligno” o, de modo similar, a “perfectamente orquestado” para designar los planes que algun@s denuncian. Fíjense que en el texto de 1996 antes citado, sí utilizaba la expresión “orquestación global” (p. 327, por ejemplo) para referirse a la creación de una campaña de alarmismo para alimentar la prohibición. Pero más allá de otras obviedades que podríamos decir, añadiremos que “intención política planificada” y “perfectamente orquestada” (lo cual es suponerle precisión suiza a nuestros chapuceros entes políticos) son, de nuevo, cosas diferentes, y que basta con que haya voluntad de utilizar el tráfico de heroína (¡por su ilegalidad!) y que haya órdenes directas bajadas de las altas esferas hacia algun@s subordinad@s para realizar tales denuncias. Éstos últimos, además, deberían tener, como mínimo, las células bien compartimentadas; lo cual está en la página 1 del manual de operaciones clandestinas. Pero claro, con tanto que sabe este historiador del Franquismo y de la Transición, conocerá de sobra todo esto… Y el ejemplo del GAL (sí, Usó, “maligno”…) es también un caso claro, tras lo cual algunos ejecutores e incluso los lugartenientes mayores tuvieron que salvar la cabeza de los máximos responsables. La pobre compañía Gas Natural, imaginen, hubiera tenido que buscarse otro consejero…9

Llegamos al momento, en el que Usó se despacha con la afirmación de que algun@s “conspiranoic@s” no contemplan el asunto como una cuestión geopolítica sino como biopolítica. Como ya hemos dicho, no nos referimos a eso sólo, y siquiera fundamentalmente, sino a todos los elementos que ya hemos señalado y que remiten esencialmente al contexto y a lo específicamente generado por la prohibición. Parece que ni él mismo lee la mayoría de las declaraciones políticas que ha extractado. Podríamos haber señalado esto ya al principio, porque su falta de voluntad para distinguir conceptos se evidencia desde el propio subtítulo del libro; según él, irónico. Éste, de hecho, según expresa en una entrevista realizada por Eduardo Hidalgo sobre la que luego volveremos, “encierra una ironía que no estoy seguro de que sea captada por todos los lectores”. Prescindiendo de esa prepotencia y ahondando, sin embargo, en la primera cuestión, cuando él mismo afirma que el consumo generalizado de psicodélicos comenzó a ser un problema de orden, está apelando a sus características farmacológicas. Según Usó, apelar ahora, ¡entre otras muchas cosas!, a las de otra sustancia es descabellado…

Es evidente que tenemos que estar alerta contra esa denominación tan vaga, tan distorsionada y tan manchada por connotaciones asentadas por la prohibición y que tantas veces hemos discutido: “las drogas”. Es más que obvio que todas las sociedades han usado sustancias psicoactivas; que a mayor problemática y desintegración social, mayor consumo de unas en detrimento de otras, y que determinadas drogas están interesadamente promocionadas desde instancias políticas. Así, vemos cómo se prohíben algunas pero se alienta el consumo de otras, desde el valium (diazepam) hasta el alcohol, por ejemplo, en lo que supone un refuerzo (no la única causa, obviamente) del aturdimiento acrítico que padecemos. De hecho, mediante el uso masivo de algunas de las legales, bien vistas, de farmacia, completamente romas intelectualmente (neurolépticos, ansiolíticos benzodiacepínicos, etc…,) se contribuye a ejercer a diario una labor de control social nada soslayable. Dicha labor complementa a otros modos de adormecer a la población y/o “ayudarla” a que soporte sus inaceptables condiciones (no sólo laborales sino…) vitales.

Sin embargo, algun@s de las que han participado en el debate celebrando el trabajo de Usó y ridiculizando cualquier otra visión política, incluyendo al propio Escohotado, han defendido sin ambages, (¡conspiranoico!), la idea de dicha promoción interesada de determinadas sustancias de farmacia por parte de quienes prohiben otras, pero ésta es una idea que parece que sólo puede ser aplicada a ellas y no a los opiáceos prohibidos. Decimos esto siendo bien conscientes de que la cuasi lobotomía que puede provocar la risperidona o el haloperidol, por ejemplo, ni se acerca a los efectos de la heroína, pero que también es innegable que ésta tienda a retroalimentar el conformismo. Así lo expresaba ese mismísimo pope en Aprendiendo de las Drogas, cuando afirmaba que un heroinómano no quiere cambiar el mundo, sino más bien hacer que desaparezca. Claro que después añadía según un modo de “razonar” que habría hecho las delicias de Lutero y de Calvino, que la actitud de l@s yonkis proviene de lo que él llama ansia de victimación de almas destinadas a ello, por lo que l@s que hemos nacido sin esa tara kármica podemos estar tranquil@s…

Cerramos el paréntesis, para observar que, tras otro suspenso en filosofía básica (de esa que se estudiaba en 1º de BUP), Usó nos ofrece más preguntas mal hechas: “¿Hubo o no hubo un complot tóxico orquestado por los servicios secretos estadounidenses para acabar con el movimiento libertario?” (p. 93) Bueno, repetimos: ni sólo tóxico, ni por la CIA. Puede que asesorado, sí; nunca se sabe… Usó cita el libro de Alfredo Grimaldos (La CIA en España) para decir que la utilización de la heroína no aparece en él (tampoco se niega; simplemente no aparece). Lo que no sabemos es si, como sospechamos (ya se sabe de l@s conspiranoic@s…) sólo ha leído el índice para comprobar esa ausencia o el libro completo; lo cual sin duda podría resultarle provechoso.

Poco más tarde, (y estamos incumpliendo nuestra auto-promesa de acelerar y ser más parcos, pero nos cuesta resistirnos…) menciona la “demagogia” que supone hablar del “impacto de la heroína y otras drogas ilegales en entornos obreros: si se consumen es debido a la ignorancia y la pobreza, en definitiva por culpa de sus enemigos de clase. Sin embargo habría que explicar por qué en esas comunidades obreras no imperaban antes las drogas ilícitas, sino el alcohol, y qué ocurrió entre finales de los 70 y principios de los 80 para que la heroína se convirtiera en una sustancia prácticamente endémica en dichos barrios obreros.” (p. 97. Todo filtrado por Usó, claro; no hay declaración directa de es@s obrer@s, la cual obviamente no sería así…) Bueno, resulta que por momentos patina un poco (más) al asumir la separación legal-ilegal de las sustancias, porque le debe parecer que el consumo de alcohol no sirve (entre otras cosas) como apaciguador, como evasión y como válvula de escape de las miserias de la alienación y de la pobreza. La “explicación académica” que ofrece después como “alternativa” no tiene precio, incluido este comentario: “las drogas fueron importadas hacia la clase trabajadora, precisamente por los jóvenes obreros que habían conectado con las vanguardias esclarecidas de las clases cultas medias y altas” (¿¿!!, La cursiva es nuestra)

Probablemente impelido (no lo aseguramos por falta de total certeza) por algunos debates que siguieron a la publicación de su artículo, se ocupa más adelante, ya en la parte dedicada al caso vasco, del Informe Navajas, de lo escrito por Pepe Rei y del caso de Vedat Çiçek, para decir: “Los intereses en juego, las filtraciones y el misterio de su desaparición han creado desde entonces un “gigantesco fantasma elucubrador” en el que los meros indicios –según él– han sido elevados a la categoría de certezas y los testimonios de algunos confidentes han recibido la consideración de irrefutables elementos probatorios” Francamente inconsistente, de nuevo. No hace falta que nos recuerde, como hace más tarde (p. 175), que debe imperar la “presunción de inocencia”, pero lo que observamos en este caso es que la carga probatoria, para nosotr@s y para mucha otra gente, supera con creces el umbral de la duda razonable.

Sin embargo, por mucho que de nuevo juegue con el lenguaje para enfatizar su intento de descalificación de otros discursos, la cuestión es que sí, efectivamente algunos testimonios ante un juez (¡y como si el de Çiçek fuera la única prueba!) son considerados en el ordenamiento jurídico como pruebas; y en este caso, son mucho más coherentes y, por tanto, concluyentes, que los “testimonios”, digamos “informales”, que él aporta y a los que concede todo el crédito cuando le interesa. Poco más adelante, por ejemplo, sumará al de Racionero el aserto de Alejo Alberdi, que le “confirmó en conversación particular” (la cursiva es nuestra) cómo había sido la introducción y difusión de la sustancia. Un momento antes, no había tenido reparo en descalificar de un plumazo (a sumar a la larga lista…) no menos de media docena de libros y documentales que aseguraban que las cosas habían sido de otro modo. Pero no tiene apenas sentido que repasemos toda la parte dedicada al País Vasco, que rezuma un tufo reaccionario muy palpable, y sí que remitamos al texto de Arriola para ofrecer un cuadro de hechos muy distinto. Ahorraremos con ello un buen número de páginas, porque el trabajo ya lo ha hecho muy bien este trabajador del metal de Elgoibar y ya dijimos que sólo queríamos exponer algunas reflexiones y señalar las inconsistencias en el razonamiento de Usó que, incluso siendo selectivos, nos está llevando a llenar demasiados folios…10

Sí diremos en este punto, y ya que volvemos a mentar a Arriola, que entre los insultos y descalificaciones que ha recibido, están la de “aficionado” y la de «parasitario». Lamentables calificaciones para el autor de un trabajo de investigación que es la contestación a un artículo o tesis. Al respecto, hay muchísimos ejemplos en la historia de grandes obras (el luminoso ensayo de E.P. Thompson, «Fuera de la ballena» como respuesta al gris «Dentro de la Ballena» del desencantado Orwell es una de nuestras preferidas…; por no hablar del famoso Miseria de la Filosofía con el que cierto barbudo alemán contestó a Proudhon) Además, hablar de «aficionado» en este caso no sólo es despectivo sino que es profundamente elitista, y de ciertos academicismos, tras haber elaborado en su día una tesis doctoral, andamos un poquito de vuelta, a estas alturas… Insistimos, eso sí, en que para hablar de política de drogas no sólo hace falta saber de drogas, sino también de política, y Arriola supera en eso con creces tanto a Usó como a Hidalgo en este punto. Por cierto que Arriola se declara abiertamente antiprohibicionista y apoya las políticas de reducción de riesgos como un necesario paso dada la situación actual; por eso todavía sorprende más la visceralidad del ataque por parte de algun@s, que parecen acusarle de lo contrario…

Y hablando de elitismo (y de figuras conservadoras), ojo a esto: “Hasta 1988, únicamente el filósofo Fernando Savater se había mostrado abiertamente crítico con la política prohibicionista en materia de drogas (…) A partir de ese año, serían cada vez más las personalidades, como el también filósofo Antonio Escohotado, el catedrático de Derecho Penal José Luis Díez Ripollés (…) las que elevarían sus voces cualificadas en contra de la prohibición y sus nefastas consecuencias. La calidad de este discurso antiprohibicionista, que constituía su principal valor, suponía no obstante su principal hándicap, pues el elevado nivel intelectual de sus autores lo alejaba de una buena parte de la ciudadanía.” (p. 117; de nuevo la cursiva es nuestra) Mejor no contestamos, ¿verdad? Además, al pensar en la calidad del discurso de Escohotado o de Savater nos ha dado la risa y tenemos que recuperarnos…

Tras esta nueva exhibición, comienza el asunto de las cifras en el que, si bien aporta algunos datos útiles (de nuevo, mucho mejor hilados por Arriola), al tratar de distanciarse de algunas exageraciones resta valor a no menos de 6.619 muertes por sobredosis y 35.000 por SIDA (siempre según la cifra más conservadora que él da, y aunque luego relatará uno por uno la veintena de asesinatos de ETA a presuntos traficantes para que impacten tanto como 40.000 muertes) y no sin además minimizar la relación de la aguja con la extensión del SIDA con un vago “muchos casos” de contagio por otras vías.

Poco más tarde, nos deleita con esto: “Curiosamente, la teoría conspirativa presenta a las personas que se entregaron al consumo del opiáceo como víctimas involuntarias de su propia ignorancia farmacológica y, en última instancia, de un genocidio perfectamente orquestado, en un intento de eximirles de cualquier responsabilidad. Ni que decir tiene que dicha hipótesis minimiza o directamente niega un hecho irrefutable: que la heroína no entró en el organismo de aquellas personas que la consumieron sin su consentimiento” (p. 137) Ahí queda eso. Usó evidencia una gran autocomplacencia tras decir semejante cosa, como si fuera un alarde de razonamiento apabullante. Disculpadnos si no deberíamos añadir nada a esto, por ser la contestación demasiado obvia, pero algo sí diremos…

Además de seguir cansinamente con la “orquesta perfecta” (que, como hemos dicho, él utiliza en otros escritos suyos), Usó falsea el hecho de que con tal denuncia se busque eximir de toda responsabilidad, algo que repite en todo el libro hasta la saciedad. Lo que se busca es repartirla convenientemente, y trazar un panorama más complejo que el centrado exclusivamente en el individuo que presentan l@s neoliberales siempre que se les da ocasión.

Permitidnos sin embargo que antes de seguir añadamos lo que afirma en la entrevista antes mencionada, para contestar a todo de una tacada: “el reconocimiento de la hipótesis de la diseminación calculada de la heroína para desmovilizar a quien sea lleva implícitas dos ecuaciones con las que no puedo estar más en desacuerdo: primera, yonqui (y por extensión, drogadicto) = zombi, y segunda, la heroína (y por extensión, la droga) es un arma de Estado equivalente a una bomba, un fusil o una pistola. Y, desde luego, no es lo mismo meterse un tiro que te lo peguen;

para nada. En mi opinión, la heroína no es un arma, sino un fármaco proscrito y exiliado a la fuerza de su lugar de origen. Lógicamente, el subtítulo de mi libro encierra una ironía que no estoy seguro de que sea captada por todos los lectores. En segundo lugar, el discurso conspirativo implica que la oferta tiene un poder independiente de la demanda. El papel de las personas consumidoras queda reducido al de simples víctimas involuntarias, una especie de buzones, que están ahí para tragarse lo

que les echen. Es como si la demanda no existiera o no importara. Así no se puede analizar correctamente un fenómeno de mercado. Que en este caso el producto en cuestión –la heroína– tenga un valor simbólico añadido más allá de la llamada plusvalía se debe única y exclusivamente a su condición de fruto prohibido. Y eso no debe perderse de vista a la hora de intentar analizar el

fenómeno; pero no se puede ignorar, minimizar o ridiculizar el papel de la demanda, y concentrar la atención únicamente en la oferta. En un mundo que se rige por la economía de mercado, si hay alguien que demanda un producto habrá quien se lo proporcione, bien sean policías corruptos o los Reyes Magos, no te quepa la menor duda.”

Bueno, esta vez situaremos en primer lugar algunos guiones:

1- La “extensión” de hablar de “drogadicto” la hace él, y no la mayoría de l@s que apoyan la tesis mencionada, como tampoco el hecho de llamar zombis a tod@s l@s consumidor@s, en lugar de (como mucho y en algunos casos) a quienes ya han desarrollado problemas serios con dicho consumo.

2- Nadie dice que sea equivalente a utilizar un fusil o una pistola; sólo a él se le ocurre semejante ridícula comparación. Es un asunto bien diferente.

3- Nadie dice que el poder de la oferta sea independiente de la demanda, pero él niega cualquier efecto de la promoción o facilitación.

4- Esto no es un simple “fenómeno de mercado”… Es increíble leer esto…

5- Usó tampoco ha entendido en absoluto (no es sorprendente) lo que significa el concepto de plusvalía.

6- Preferimos no utilizar eufemismos: se llama sistema capitalista, no “economía de mercado”. Y mejor no reflexionamos sobre la relación entre capitalismo y mercado (y, por tanto, sobre el mercado en otros sistemas), porque no acabaríamos este texto…

Y ahora, detengámonos un poco más… En primer, lugar, veamos… ¿No habíamos quedado en que (como él afirma) el alarmismo y el sensacionalismo prohibicionista (porque eso si cuadra en los estrechos esquemas de Usó) supuso una campaña indirecta de promoción del consumo? Ay, señor Usó; cómo manejamos el concepto de promoción del consumo cuando interesa… La confusión que demuestra este autor al tratar de negar la omnipotencia de la oferta es mayúscula, y supone, por un lado, pasar al extremo de negar toda influencia de ésta, y además a reducir el asunto a los estrechos y simplistas términos pseudoeconómicos de oferta y demanda. Esto ignora, en otro alarde de la complejidad analítica del libro, los procesos de conformación del imaginario social, que, de nuevo, son imposibles de comprender (porque no se quiere) desde una óptica neoliberal. Éstos incluyen, aunque no se agotan en ello, la acción de los medios de (des)información masiva, de la educación reglada, de la vivencia de las condiciones laborales, etc, etc…

Respecto a la voluntariedad, fíjense que, incluso aceptando el hecho de que tod@s l@s consumidor@s de heroína (o de DVDs) fueran perfectamente conscientes de todas las implicaciones de dicho consumo… ¿Acaso niega eso que a determinados entes (sean grupos de poder político, sean empresas de electrónica) les conviene fomentarlo; que procuran que ciertas personas lo hagan y, por tanto, que lo promueven? De nuevo, se trata de variables distintas cuyo análisis conjunto parece suponer demasiado para Usó. Y ahora viene cuando se nos dice que la gente elige libremente y que sabe todas las consecuencias… incluidas cosas (en nuestro ejemplo) como la huella ecológica de la fabricación de según qué aparatos, el saqueo de fuentes minerales y energéticas que supone, los conflictos que en ocasiones son instigados para llevar a cabo ese saqueo, la explotación contenida en el trabajo de fabricación, etc, etc. Pues mira, en algo van a tener casi razón la caterva de neoliberales: la mayoría de l@s que se encuentran en el lado materialmente privilegiado del mundo no lo sabe, pero una buena parte de esa mayoría no lo sabe porque no quiere saberlo y sólo quiere disfrutar de la película en su televisión, sólo que, ay…, algo tendrá eso que ver con el modo en que se conforma el “pensamiento” mayoritario, de la cuna a la tumba pasando por el centro comercial y, ¡oh, sorpresa!, quizá haya alguna coincidencia a su vez con la acción de los grupos política y económicamente dominantes. Vaya, y nosotr@s que creíamos que l@s reyes eran los padres

Y, por cierto, decir que entre quienes consumieron (y consumen) no había irresponsables es una sandez comparable a afirmar que tod@s los eran, y esto segundo incluye además silenciar o negar el hecho de que a determinados poderes estructurales les convenga generar irresponsabilidad al por mayor, lo cual les hace corresponsables de que así sea…

Siguiendo con la voluntariedad, reparemos en el papel de las organizaciones de reducción de riesgos, que además de colgar información en una web y de trabajar en un local salimos a la calle, a festivales, a centros educativos y a otros espacios para hacerla llegar al mayor número de gente. Juan Carlos Usó y la mayoría de l@s que se han convertido en azote de conspiranoic@s y han vituperado a Arriola apoyan sin ambages la política y las organizaciones de RdR; cosa de la que nos alegramos. Y, vaya, hay que ver lo que cambia la sacrosanta decisión individual caída del cielo (conformada por el “pensamiento” dominante sobre drogas) cuando se tiene otra información; y hay que ver cómo cambia si esa información apenas existe, como en los 70s y 80s. Y hay que ver cómo cambia también cuando se tienen 15 ó 16 años (edad a la que se iniciaron much@s en el consumo) y cuando se tienen 25 ó 30…; y como cambia cuando tienes unas expectativas vitales u otras; si tu padre te lleva a hostias y/o tienes que ganarte cuatro duros en curros de mierda o vas a empezar la carrera de historia en la universidad.

La cuestión no es de “oferta y demanda”, ni de estrechos marcos pseudoeconómicos, desde luego. Y centrándonos ya en los movimientos contestatarios, diremos que, tod@s aquí hemos crecido bajo el capitalismo y sido parcialmente (no del todo, claro) educad@s en sus (anti)valores. Para llevar a cabo cualquier intento de transformación social, cosa harto complicada, es necesario un proceso de liberación de la cosmovisión capitalista que abarque el mayor número de planos posibles de modo coherente. En eso consiste ser radical, término que Usó utiliza con notorio desprecio y nosotr@s con todo el respeto; porque efectivamente se trata de “ir a la raíz” de los problemas.

Determinados grupos hacen ese proceso de modo bastante equilibrado y otros con menos acierto. Repensar desde otro punto de vista las disciplinas del conocimiento (aceptando una compartimentación casi siempre demasiado artificiosa) o transversalizar en todas nuestras prácticas los mejores postulados de la ecología y de la lucha contra el patriarcado, por ejemplo, no fue fácil… y sigue sin serlo… El amplísimo y complejo tema de las drogas no es la excepción, claro. A pesar de eso, y frente a la idea que parece dejar como poso el texto de Usó, remarquemos que: a) La prohibición la implementa exclusivamente la derecha más rancia (en lo moral) y extremista (en lo económico); y paralelamente, b) La mayoría de los grupos de izquierdas abogan por una legalización-normalización de todas las drogas (IU lo tiene en su programa desde 1989, por ejemplo, poco después de su fundación) aunque en determinadas organizaciones, lugares y momentos históricos ha habido (por motivos muy diversos; y a menudo con mucha ayuda…) mayor prevalencia de los elementos prohibicionistas introyectados.

Los delicadísimos procesos de construcción de movimientos que pretenden ser transformadores, e incluso en el caso de que colectivamente superen la mayor parte de las contradicciones y pasen a formar más parte de la solución que del problema, no sólo están sometidos a agresiones directas (efectivamente con infiltraciones, acoso directo, multas, cárcel, etc…) sino que ven dificultada su propia concienciación y la de de otras capas sociales (de por sí, la parte más complicada de su trabajo), por todos los elementos que llevan a la conformación de una cosmovisión reaccionaria en el imaginario social. Esto puede incluir la promoción del consumo de determinadas sustancias como el alcohol, las benzodiacepinas y, sí, también de la heroína, y también todo lo que lleva a su consumo inadecuado; no a todo consumo, que a su vez, puede retroalimentar dicha cosmovisión.

Dichas capas sociales, en principio no insertas en los movimientos, exhiben distintos grados de aceptación del orden dominante, aunque resulten igualmente perjudicadas por él, por una infinidad de motivos y mecanismos en los que no podemos entrar aquí. Obviamente el segmento de población más combativo frente a la barbarie de este sistema constituye un pequeño porcentaje que, además, no es homogéneo. Las y los militantes sociales que se declaran en contra de lo establecido han sido, insistimos, también formados en este sistema y están (y hablamos en tercera persona por expresarnos de ese modo…) atravesad@s por una serie de contradicciones. No son legiones de “Chesguevara” o de “Tamarasbunkebider” ni esos hombres y mujeres nuev@s e impolut@s caídos del Valhalla de l@s revolucionari@s

En éste y, por supuesto, en otros temas, no tenemos por qué estar de acuerdo con lo que dicen sobre drogas según que grupos; armados o no. Pero esto no invalida en absoluto la denuncia de la utilización política de unas u otras sustancias (y aprovechando, insistimos, las infames condiciones creadas por esta situación legal), y la forma de resolver la prevalencia de elementos del discurso prohibicionista es trabajar por reabrir debates en la sociedad. Cuánto más abandonados estén estos debates, más permead@s estaremos en general del “pensamiento” dominante de la prohibición. Lo que hace Usó es, él sabrá por qué, exactamente lo contrario: descalificar, abrir brechas y distorsionar el discurso con malos razonamientos y lógica de cartón-piedra. Pero dejemos esto, porque en algún momento tenemos que finalizar la contestación al asombroso “razonamiento” que nos acaba de regalar el autor de este libro.

Más adelante, Usó menciona una serie de factores para la difusión de la heroína, como “la disposición poco hostil de las autoridades (obsesionadas como estaban en reprimir el tráfico y el empleo de LSD y marihuana)”. Es decir, parece que se trató más bien de falta de atención y de efectivos que de voluntad política; que, para él, existía sin lugar a dudas en el segundo caso, pero que es ridículo contemplar en el primero… A esto, añade que “la cobertura excesiva por parte de unos medios de comunicación ávidos de sensacionalismo determinó que el procesamiento epidemiológico del “problema” fuera anterior a su aparición. Y, como consecuencia, se registrara una promoción indirecta de la heroína a través del alarmismo. (…) Igualmente, podría hablarse de irresponsabilidad por parte de la citada Unión Española de Defensa contra la Droga (UEDCD) y de otras iniciativas privadas pioneras, supuestamente orientadas a la prevención y al tratamiento de la toxicomanía, como otro factor concurrente en la expansión de la heroína” (las cursivas son nuestras) Bueno, resulta que ahora hay cosas que determinan el comportamiento social (nosotr@s habíamos sido más prudentes, asegurando que lo condicionan), y que sí existe la promoción del consumo… vaya… Respecto a lo segundo, parece ser que la UEDCD no sólo tuvo más poder para esa promoción y expansión que otros mecanismos, sino que, según antes “razonaba” Usó, en este caso sí que debieron clavar las jeringuillas directamente en los brazos de la gente para iniciarles en dicho consumo.

En la página 194, el autor nos regala de nuevo sus conocimientos sobre movimientos sociales (sobre el 15-M en este caso) y en una parte de nuevo llena de despropósitos alecciona a una autora (B.S. Daphne) que se ocupa de procesos de los criminalización y de desmovilización (con bastante lucidez, por cierto; aunque yerra al hablar de “la droga” en general), a la que contesta esto: “Lógicamente, para la autora del reportaje no existe ninguna diferencia entre los denominados procesos de gentrificación y demás maniobras especulativo-inmobiliarias de las autoridades locales con las maniobras envenenadoras del Estado para controlar y adormecer a las clases trabajadoras en general y a los jóvenes revolucionarios en particular.” Lo cierto es que para ser una ironía lo del subtítulo (“que no todos podemos comprender…”) lleva todo el libro dando la paliza con el envenenamiento sin querer atender lo que se denuncia; ni tan siquiera a lo que él mismo acaba de extractar diez líneas antes.

En el texto (y ya vamos acabando…ufff….), tras descalificar (una vez más) otro testimonio que no le encaja, de Antonio Orihuela en este caso, leemos: “Igualmente los autores de un libro dedicado a las Madres Unidas contra la Droga, seguramente uno de los colectivos que más han sufrido el sinsentido de aquel episodio tóxico…” ¿¿?? La cursiva es nuestra y vemos que… upssss, se le ha colado decir eso…;-) Casi a renglón seguido, enumera una serie de cuestiones con la pretendida intención de problematizar el tema (y, de nuevo, mal planteadas) que acaba con ésta: “Y, ¿cómo es posible que hasta los poderes públicos hayan admitido tácitamente estas sospechas y nadie se haya pronunciado abiertamente en contra?” Algun@s, muy conspiranoic@s, tal vez crean que ciertas instancias políticas prefieren no remover un tema en el que no tienen nada que ganar y sí mucho que perder… En todo caso, si, como decimos, el autor hubiera afirmado simplemente que, a su juicio, no existen pruebas suficientes para corroborar la tesis en cuestión, no sólo nos hubiera parecido muy legítimo sino que le hubiera permitido al propio Usó, ante el peso de los indicios y las evidencias recopiladas por Arriola, sencillamente admitir que tal vez no se puede decir con el 100% de seguridad pero que la intervención interesada de los cuerpos de seguridad pasa a ser la hipótesis más probable. Pero claro, después de las descalificaciones, rozando el insulto, de los juegos con el lenguaje para intentar ridiculizar la tesis opuesta a la suya, etc, etc… lo de retractarse es demasiado complicado…

Sea como fuere, sí nos seguimos preguntando por los motivos de escribir el libro de esta forma. En la entrevista realizada por Eduardo Hidalgo, encontramos otra respuesta del autor:

“E.H.: Estimado Juan Carlos, ¿por qué este libro? J.C.U.: Por un doble motivo. En primer lugar, contribuir a la desmitificación de uno de los aspectos más controvertidos de la historia contemporánea y, en segundo lugar, hacer justicia a todas las personas que ya no están para poder decir “tomar drogas fue una decisión mía”. Y yo añadiría, tan respetable como cualquier otra.” (la cursiva es nuestra)

Bueno, además de que en absoluto consigue lo primero y de que Usó parece tener un lamentable concepto de lo que significa “hacer justicia”, ¿qué tal si en vez de esa frase, que no nos atrevemos ni a calificar, ponemos ésta?: “Tomamos drogas, y, en este caso, caballo, por decisión propia, sin tener claros sus riesgos ni los factores que los reducen, sabiendo poco o nada de posibles enfermedades asociadas al modo de administración y, (particularmente en los inicios), sin tener la más remota idea de qué diantres era ese famoso bicho, el VIH. Además, en muchos casos, éramos muy jóvenes, y, a pesar de tener una parte de responsabilidad en nuestra (mala) decisión, parece que además de estar obligad@s a tener desde que éramos un@s chaval@s una perfecta madurez y a superar todo tipo de condicionantes (que no determinantes) negativos, l@s contagiad@s de SIDA no teníamos derecho a una segunda oportunidad en la vida.” Y ojito, no escribimos “mala decisión” porque tomar “drogas” (ni siquiera heroína) lo sea en sí; sino por hacer mal uso de ella (en lamentables condiciones de ilegalidad), sin las debidas precauciones, etc. en un contexto que facilitó la intoxicación masiva y en el que los poderes públicos, efectivamente, en lugar de (como mínimo) informar algo más y mejorar las posibilidades de profilaxis, fueron corresponsables de muchas muertes.

En fin… Preferimos no contestar más a su “intención de hacer justicia”, pero sobre ese pretendido “respeto” veamos lo que nos dice más adelante: “Podría decirse que el consumo de heroína representó un festín de tontos en el seno de una sociedad que pugnaba por acercarse a una cultura popular cada vez más moldeada por la producción masiva” (en este caso, la cursiva es suya) Y después de esto dice: “Puede que en ese proceso de “consunción consciente e hiperacelerada del capital orgánico” (en palabras de Germán Labrador), como una forma de ser y estar en el tiempo, acabaran muriendo los que más amaron la libertad, toda una generación de jóvenes dispuestos a representar el rol de víctimas propiciatorias que toda sociedad en transición necesita para conjurar sus temores.” Expresión despreciativa aparte, es difícil decir que alguien desgasta demasiado rápido su vida y su salud de forma más hortera, pomposa y repelente (lo que dice mucho también de quien escoge la cita) y, de paso, abusando (mal usando, como es desgraciadamente habitual para casi todo), del término capital. En realidad, harían falta otros veinte folios para contestar a semejante colección de majaderías concentradas, pero sólo diremos que no tenían por qué ser “l@s que más amaron la libertad”, que en realidad es él quien después les otorga una especie de cualidad suicida (de forma similar a como lo hacía Escohotado, y que antes referíamos) y que su lectura de la necesidad de un chivo expiatorio en toda sociedad es tan mala como su lectura transicional.

Con este mal sabor de boca, finalizamos este texto, que … bueno, no es una reseña ni sabríamos cómo etiquetar, pero que supone nuestra pequeña aportación a este debate. La declaración de que existió la intención política que venimos denunciando no ha salido en el BOE, efectivamente. ¡Qué tiempos los de Calvino, en los que éste podía decir con total tranquilidad que l@s seguidores de Münzer “deben ser destrozados, estrangulados y apuñalados secreta o abiertamente por cuantos puedan hacerlo, como si se tratase de un perro rabioso”! Tampoco los añoremos tanto, porque si se buscan se encuentran muchas declaraciones explícitas, como las de Lawrence Summers, director de Harvard y secretario del tesoro con Clinton, que afirmó que había que mandar la contaminación a los países del “tercer mundo”: porque sale más barato que deshacerse de ella; porque están aún poco contaminados; porque los pobres no están preocupados por los problemas medioambientales; y (ésta es la mejor) porque no llegan a la edad suficiente para tener cáncer…

Pero ya saben: si algo no aparece en el Telediario, con alguien del CSIC, del MI6, de la CIA o de la T.I.A., reconociendo abiertamente que ha hecho tal o cual asesinato selectivo en tal lugar, que han contribuido a construir el escenario mediático para “legitimar” una invasión o que facilitan la implantación de las empresas que saquean recursos para mantener el dominio neocolonial de las metrópolis, todo eso no existe. Que si se invade Irak, Afganistán o Libia es para defender la libertad y la democracia, claro. Y si no…¡conspiranoic@!…y, ¡hala!, al psicoanalista del cabeza. O, volviendo a nuestro tema, que si afirmamos (y en esto me temo que coincidimos con Usó) que la prohibición tiene motivaciones económico-políticas y hasta religiosas y no la protección de la salud pública, ¡conspiranoic@s!11 Bueno, discúlpesenos cierto humor, porque no hay otro modo de no indignarse más de la cuenta con el librito de marras.

Ahora sí ponemos punto final a esta triada de reseñas, no sin antes agradecer a Juan Carlos Usó la publicación de este texto… por el hecho de que diera lugar a que Justo Ariola escribiera el suyo. Confesamos que inspeccionamos algunos capítulos de “Frente al Miedo” de Antonio Escohotado, pero para acabar eso no hay disciplina que valga y además no hay ningún motivo para hacerlo…, de modo que ¿Nos matan con Heroína? es con seguridad el peor libro que hemos leído en los últimos años. Y como no tenemos pensado tragarnos el de Belén Esteban, ni el próximo que perpetre César Vidal y, en general, procuramos seleccionar bien lo que leemos, esperamos que el del Usó ostente ese lugar durante mucho tiempo.

¡Eso es todo, amig@s!

¡A leer, que son dos días!

1Ver la crónica de la charla de Escohotado en el Festival Periferias 2016, tras la cual, por cierto, nos llovieron algunos insultos…: http://consumoconciencia.org/2016/11/03/cronica-de-la-charla-de-antonio-escohotado-en-periferias-2016/

2Es probable que en su posterior trabajo, Spanish Trip: La aventura Psiquedélica en España, aporte algún dato más al respecto, aunque sea sólo relativo al solar patrio, pero nuestra disciplina no llega a tanto como para aguantar otro libro completo de Usó…

3Y no “económicos”; sabemos que bajo dominio del capital el término se mantiene pero no la función. Ese “oiko nomos”, las normas de gestión de la casa y, por extensión, de la sociedad, se convierte en buena medida en “crematística”, “el “arte” de acumular riquezas”… para algun@s, claro. Bajo condiciones capitalistas de producción hablamos, por tanto, de un poco de “economía” y un mucho de “crematística”.

4Como en la anterior reseña, aclaramos que utilizamos el término Guerra Fría por cuestiones de claridad, a sabiendas de que es tremendamente etnocéntrico y además muy impreciso, y que dificulta, en lugar de permitir, una comprensión adecuada de la historia del siglo XX.

5No debemos alargarnos demasiado, pero, entre otras cosas, aquel texto de 1996 revelaba conservadurismo y endeblez teórica con una lectura de la Transición intragable. Además de las muchas cosas que se podrían señalar, y ciñéndonos a lo que más nos toca ahora, Usó proponía un concepto de “contracultura” en el que no cabían las organizaciones que resistían a la dictadura, y en algunos casos también al capitalismo, (que no producen “cultura” , ya se sabe…), sino sólo algun@s músic@s o escritor@s del mundillo acomodado. En esa parte también hablaba de lo que en ese periodo la gente “quiso” para su país, igualando “querer” con “aceptar” (o con no resistir activa y organizadamente con la suficiente fuerza…) Nos partiríamos el pecho escuchando a Usó argumentar que la gente ha querido la prohibición….

6Le ponemos siempre comillas al término medios de “comunicación” porque siendo precis@s se trata de medios de información; siempre que se le pueda llamar información a eso que suelen proporcionar.

7Más tarde (pp. 164 y 170) aplicará parecido “razonamiento” al caso vasco; a las acusaciones mútuas de Gobierno Español y de ETA de traficar con drogas, y hablará de “propaganda de guerra”. Mejor recomendamos aquí un libro de verdad, de una historiadora buena de veras como Anne Morelli; el excelente trabajo: Principios Elementales de la Propaganda de Guerra, editado por la estupenda “no-editorial” Hiru fundada por la gran Eva Forest.

Respecto a “Occidente” lo entrecomillamos porque jamás un término geográfico fue tan mal usado; y ahora no nos referimos a Usó…

8Lo de Usó con las notas no es nuevo… En su anterior Drogas y cultura de masas (España 1955-1995) es norma que no cite en el cuerpo del texto la autoría de la fuente y sólo lo haga en las notas finales del libro. Es preferible hacerlo de otro modo, pero esto no sería ningún problema si no fuera por el feo detalle de que utiliza en un mismo espacio los circunloquios “un especialista”, “un historiador”, “un filósofo” para referirse en los tres casos a Escohotado (y nos parece recordar que todavía utiliza otra expresión diferente…). Esto también sucede en el caso del psiquiatra Enrique González Duro, para quien igualmente reserva múltiples denominaciones al (no) citarle y al que, por cierto, apenas menciona en ¿Nos matan con heroína? porque defiende tesis opuestas a las suyas… Si se utiliza a algun@s autor@s como fuentes principales y/o recurrentes, no es ningún pecado; no hay porqué disfrazarlo de una supuesta multiplicidad.

9En función de lo que realmente significa maquiavélico, podríamos también contestar que en las altas esferas de la política actual, casi todo lo es, y que para ver algo “maquiavélico” es más fácil encender el televisor (lo sentimos, nosotros no tenemos televisor) y poner el telediario que, y ya que después los menciona, tragarse un bodrio hollywoodiense.

10Diremos, así discretamente en una nota y dirigido especialmente a Usó, y ya que él compara de modo absolutamente inadecuado la controversia sobre la muerte de Durruti con la “conspiración” de la heroína (¿?), que todo esto nos recuerda un poco al debate sobre la naturaleza (fascista o no) del régimen franquista. Pocas veces habrán corrido tantos ríos de tinta en la Academia española sobre un asunto tan absolutamente claro pero que ha “obligado” a infinidad de respuestas y argumentaciones, por la voluntad de algun@s de lavarle la cara al régimen terminológica y conceptualmente y también por las dinámicas propias de la Academia, aunque pocas milongas se le pueden contar a quienes lo sufrieron. Afortunadamente, todo esto seguro que no genera tal pérdida de tiempo; para nosotr@s, al menos.

11Y entiéndase la distinción, de nuevo más expositiva que otra cosa. Sobre el fundamento económico de determinadas creencias religiosas, es interesante consultar al antropólogo materialista Marvin Harris; aunque sea el sencillo y divulgativo Vacas, cerdos, guerras y brujas: los enigmas de la cultura, Alianza Editorial, Madrid, 2011.

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