Hidalgo, E., Hedonismo Sostenible, Ed. Amargord, Madrid, 2011

Hoy, haciendo un intencionado paréntesis en la “trilogía” de la heroína, nos vamos a permitir hacer una reseña-recomendación (más lo segundo que lo primero) de un texto que no es una novedad pero que probablemente (y con esta expresión pecamos de exceso de prudencia…) es el libro más original, y más “salao”, sobre drogas jamás escrito. Seguramente much@s de vosotr@s lo conoceréis, aunque sólo sea porque han sido publicados algunos de sus fragmentos en revistas cannábicas, reelaborados en forma de artículo. Les presentamos (otro redoble…): Hedonismo Sostenible.

A estas alturas, alguien puede estar pensando que Eduardo Hidalgo es nuestro amigo del alma y que por eso le dedicamos tantas reseñas, o sencillamente que somos grupis y vamos a fundar su club de fans. En realidad, le hemos visto personalmente una sola vez, hemos intercambiado algún mensaje ocasional y en muchísimas cosas no estamos de acuerdo; por ejemplo en buena parte del enfoque político en general. De hecho, recordaréis algunas críticas a su texto Heroína, asociadas de algún modo a las desavenencias respecto al debate levantado por el libro ¿Nos matan con heroína?, tras las que bien podíamos habernos mandado a paseo mutuamente.

Pero al Hidalgo lo que es del Hidalgo, y lo cierto es que el conocimiento sobre drogas de este nota es ingente (aunque en eso tiene competidor@s que tal vez le superan…), pero aún mayor es su capacidad creativa para repensar el asunto desde las perspectivas más variadas y originales, dicho sea esto en el mejor sentido; y en ello sí que no tiene parangón. Y no sólo aprendemos y reflexionamos mucho leyendo sus textos, sino que, además, como ya os dijimos, con ellos nos partimos la caja.

De modo que cuando un@ lleva tan sólo unas decenas de páginas del libro, de lo que entran ganas es de mandarle un correo para darle las gracias por alegrarnos la existencia con su humor, su ingenio y su saber hacer; para agradecerle el esfuerzo de escribir cosas como ésta. Y, de hecho, éso es exactamente lo que hicimos en su día. Tras ese comienzo, fuimos lanzadit@s a acabar las 739 páginas que completan el tomo y lamentamos, lo decimos en serio, el momento en el que se nos acabaron. De vez en cuando, todavía releemos capítulos enteros mientras desayunamos, para solazarnos y para empezar la mañana con una sonrisa.1

En ese punto del libro, hacia la página 60, habremos gozado ya de una reflexión antropológica seria y muy entretenida, y de una, no menos fundamentada y llena de humor incisivo, comparación entre las consideraciones sociales del consumo de drogas y la práctica deportiva. Porque, como él diría, sí, amiguit@s; lo que tienen entre manos es un libro en el que en su mayor parte se va a hacer un análisis comparativo entre deportes como el esquí o el alpinismo, prácticas (que no deportes) como la caza y la conducción de coches, y el consumo de sustancias psicoactivas.

¿En serio? ¿¿?? Sí, en serio y en broma. Pocas veces podréis disfrutar de cabo a rabo de un libro que aúne de este modo el fundamento y el rigor científico con el humor irreverente. El propio Hidalgo nos dice: “En este punto hemos de decir que somos plenamente conscientes de que habrá quienes consideren que dicha comparación carece de lógica y de fundamento alguno; así como quienes opinen que resulta inadecuada e inoportuna; y quienes, por último, estimen que es impracticable e insostenible”. Os aseguramos que tal comparación en absoluto carece de fundamento y que el texto es hilarantemente serio. La culminación de esa irreverencia llegará con el combate entre la MDMA (como representante de las drogas ilegales) y la Fiscalía Especial para la Prevención y Represión del Tráfico Ilegal de Drogas. Colofón del texto, serán algunas reflexiones políticas que sí revelan cierta falta de solidez y que, a nuestro juicio, necesitarían algunas dosis de matización o de reelaboración.

Si antes hemos dicho “combate” no ha sido por exageración o descuido, sino porque ésa es la forma en la que se presentan las comparaciones a las que hacíamos referencia, entre el consumo de MDMA y el esquí, el alpinismo, la caza, la conducción de coches y motos o la propia Fiscalía “Antidroga”, según el nombre popular. Son cinco los combates en el “ring de boxeo”, con varios rounds cada uno (comparativas de mortalidad, de morbilidad, de potencial adictivo, de los valores asociados, del factor criminógeno, del daño a terceros y de la protección de la infancia) No sabemos si lo estáis considerando insostenible o inapropiado, pero tal vez estáis perplej@s a estas alturas. También lo estábamos nosotr@s, claro. Pero el texto es sólido, combina multitud de datos, de informes y de estudios y una aplastante coherencia lógica, con el humor más ácido y, por momentos, surrealista. De no perdérselo, oiga. En realidad, se trata casi de varios libros en uno solo, en el que, de paso, se aprenden multitud de cosas sobre los deportes citados (y que Eduardo también conoce bien; nos resultó particularmente interesante la parte dedicada al alpinismo…), sobre la caza (y los daños asociados al la contaminación con plomo, por ejemplo) o sobre la insostenible proliferación de vehículos a motor.

Entre tanto ingenio, tan buenos razonamientos y tanto humor hay argumentaciones endebles, claro. Como detalle, y sin querer extendernos, diremos que algunos trazos que atraviesan el libro y que sustentan ya las primeras disquisiciones, (por ejemplo, “se nos dice que las drogas son malas” o “se admite lo terapéutico pero no lo recreativo-hedonista”) son gruesos. En el segundo caso, (entre otras muchas razones) porque hay todavía mayor interés en prohibir determinadas sustancias, que han funcionado como remedios desde hace siglos, y los usos terapéuticos de otras, de descubrimiento mas reciente, en aras de conservar el negocio farmacéutico y de cronificar ciertos problemas (sociales) de salud. En el primero, porque no se hace la distinción precisa entre aquellas que son calificadas así (las ilegales) y las que ni siquiera son consideradas como “drogas”. Una perspectiva diferente en ambas cosas daría algo más de sentido al análisis de las causas de que las leyes sean las que son. Por cierto que, evidentemente, (y esto no es un apunte a Hidalgo, que bien de sobra lo sabe…) las sustancias psicoactivas (la MDMA, el alcohol, la cafeína o el diacepam…) no pueden ser malas… ni buenas… (como tampoco puede serlo un cuchillo o un coche; y dejemos la cualidad moral para las personas y sus sociedades) sino que son peligrosas (como un cuchillo o un coche…) y que cuanto más sepamos, mejor protegid@s estaremos frente a los riesgos que puede entrañar su uso.

Llegados al tercio final, el texto se centra en las cuestiones políticas y, ahí sí, observamos bastantes debilidades. Por ejemplo en el hecho de que (en realidad, en casi todo el libro) se argumente exclusivamente desde la perspectiva de los derechos civiles (la primera generación) y no desde la de los derechos políticos, sociales y colectivos (la segunda, tercera y cuarta, respectivamente), y, por tanto, desde cierto individualismo metodológico. Además, por supuesto suscribimos sus críticas a la legislación prohibicionista y a la construcción mediático-social que ésta genera, pero echamos en falta algo más de profundidad y de acierto en el análisis de las causas que subyacen a dicha política. Se reflejan algunas en el texto, claro, y desde luego se pone en evidencia que la protección a la salud pública no es lo que fundamenta la legislación actual sobre drogas, pero la lectura histórica del proceso prohibicionista, particularmente la de sus orígenes, a principios del siglo XX, es, como en el anterior libro reseñado, realmente floja.

En general, tanto en el análisis como, por tanto, en las propuestas políticas, creemos que la argumentación podría ser mucho más sólida. El problema del análisis no es de “detalle”, como antes comentábamos, sino de marco teórico y de comprensión de los mecanismos sistémicos, e Hidalgo desde luego no aporta claridad en este sentido.

Pero no queremos alargarnos en el análisis en este simulacro de reseña, así que, para acabar, le daremos otro cariñoso tirón de orejas por finalizar el libro con una relación de personajes famosos que se declaran “antiprohibicionistas”, donde se mezcla a la brava a gente con mucho conocimiento y valentía, a figurines del espectáculo (hasta ahí, no habría mayor problema…), con bestias neoliberales como Milton Friedman o con políticos (sin “@” en este caso) ya fuera de sus cargos que van de “antiprohibicionistas” pero que: a) cuando estaban en sus puestos mantuvieron exactamente las mismas políticas punitivas; y b) sólo exhiben esa pose, pero la motivación que subyace a sus declaraciones es la misma que la de las bestias neoliberales (de hecho, también ellos lo son…) y nada tiene ésta que ver ni con el derecho ni con la protección de la salud.

Y dicho esto, y de nuevo parafraseando lo que dice Eduardo al final de cada round: “Ding, dong”, fin de la reseña. Lean, por favor, este libro; tan polémico como imprescindible.

 

 

 

 

1 Por cierto que si alguien quiere un botón, y no se acaba de creer esto de su ingenio pero no se va a calzar semejante tocho para comprobarlo, puede echar un vistazo a este folleto de los muchos que realizó en su día: https://energycontrol.org/files/pdfs/Drogas_al_volante_20150414_web.pdf

2 Hay una excepción a esto, y a la debilidad en el análisis histórico-político de la que hablamos, en las páginas 502 a 548; las que se ocupan de los motivos extrasanitarios y, en particular, a la arremetida contra el uso ancestral de la hoja de coca, de opio, etc… pero que el autor estropea estrepitosamente en las tres páginas siguientes…

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