En estos días ha habido en los medios mucha manipulación y poca reflexión; mucha media verdad (más bien medias mentiras) y mucha ocultación de información. Como intentamos decir repetidamente, nosotr@s estamos encantad@s de que haya debate sobre drogas y siempre tratamos de fomentarlo; pero claro: no desde estos parámetros.

Como además no se nos ha permitidos expresarnos para contrargumentar (salvo en un par de excepciones en radio, para ser just@s, aunque el tiempo fuera breve) e incluso nos han llegado a grabar entrevistas en TV para después no emitir ni un solo segundo, seguiremos utilizando esta página y algunos medios alternativos como portal de expresión y debate.

Y debatir queremos, aunque solo un par de ideas sencillas, al respecto de la reciente aprobación en Consejo de Ministros de la ESTRATEGIA NACIONAL SOBRE ADICCIONES 2017-2024. Ved, por ejemplo, algunos extractos: “10.3.1.5. Impulsar la reducción de daños en lugares de tráfico y consumo. 10.3.1.6. Extender esta metodología a los consumos de jóvenes y adolescentes. 10.3.3. Integrar la metodología de reducción de daños en las redes asistenciales de manera transversal” (todo ello en la pág. 40, donde se detallan los “objetivos estratégicos” de la reducción de riesgos y de daños) o “Contextos de actuación: Ámbito familiar, penitenciario, socio-sanitario, lugares de consumo, lugares de ocio…;  Población diana: Usuarios de drogas por vía inyectada, población reclusa, colectivos en situación de vulnerabilidad, mujeres, adolescentes y jóvenes, personas con patología dual.” (en la pág. 41)

Como se ve, en ella se refrenda y se profundiza en la estrategia de reducción de riesgos y de daños. No podía ser de otra manera, teniendo en cuenta el avance de esta estrategia a nivel europeo y mundial y las recomendaciones de la propia Organización Mundial de la Salud y del Observatorio Europeo de Drogas y Toxicomanías.

Pero quizá la principal novedad del documento es el peso que se otorga a las “Adicciones sin sustancia o comportamentales”, y sobre una de ellas queremos llamar vuestra atención. Es más que obvio que hoy en día vivimos rodead@s de publicidad de las casas de apuestas. Cualquier persona que vea la TV (no es nuestro caso), que escuche la radio o, simplemente, que camine atenta por la calle es capaz de enumerar sin problema al menos 4 ó 5 grandes empresas de apuestas. Por decirlo de modo más contundente: en Aragón casi nos montan un nuevo “las Vegas” (Gran Scala) en el desierto de los Monegros, y en Madrid faltó poco para construir un “Eurovegas”, y resulta que eso era bueno porque creaba puestos de trabajo.

Evidentemente, la adicción al juego (y aún teniendo en cuenta las infinitas complejidades del concepto de “adicción”) es un problema para mucha gente, pero, al parecer, no se considera esa publicidad como una “incitación” al consumo y, por tanto, como la “puerta” a esa adicción (o a “tirar la vida por la borda”) y por supuesto no se contempla tomar medidas restrictivas respecto a la misma. Esto no lo propone nadie, aunque lo que de verdad nadie defiende es que se ilegalice el juego mismo. Afortunadamente no hay ningún lumbrera que crea que devolverlo al ámbito de la ilegalidad va a acabar con el juego, ni que es mejor solución dejarlo en manos de los Al Capones del siglo XXI que mantenerlo bajo regulación legal.

Esta misma reflexión es válida para el tema de las drogas, claro. Nos encantaría que la publicidad estuviera restringida, en el caso del alcohol, por ejemplo, aunque probablemente el principal factor para que se produzca el tipo de consumo actual (incluido entre l@s adolescentes) es precisamente la reproducción de patrones de comportamiento muy arraigados. Pero ni por asomo queremos que se ilegalice, obviamente, como tampoco podemos aceptar que la ilegalidad de DETERMINADAS drogas (puesto que, insistimos, hay muchas legales) es el mejor modo de atajar los problemas que se derivan de un consumo problemático (uso y abuso no son lo mismo) de las mismas.

En uno y otro caso, juego y drogas, lo que determina su situación legal son factores económico-políticos y sociales que no tienen nada que ver con la declarada “protección a la salud pública”, y sólo desde ese foco se comprende adecuadamente el problema. Ahí está la historia; simplemente analicémosla.

 

 

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