Aparte de los 20.000 memes que están surgiendo con todo el tema, a raíz de un aspecto del declarado Estado de Alarma nos parece sensato hacer un comentario reflexivo, ya que vamos a tener más tiempo del habitual para pensar…;-)

Entre las cosas que permanecerán abiertas y, por tanto, que serán un motivo permitido para circular por la calle está el de acudir a un estanco. No, no vamos a pedir cerrarlos (y no por el riesgo de linchamiento, sino porque en sí misma no la consideraríamos una medida sensata), sólo proponemos que la próxima vez que una persona fumadora (o quien se agarra decenas de borracheras alcohólicas al año) llame a otra “drogadicta” por fumar cannabis, así sea esporádicamente, por consumir “éxtasis” en algún festival o por probar una LSD, o que incluso, sin decirlo a la cara, lo piense, reflexione un poquito. Y lo decimos no tanto por temas de salud (aunque en realidad todo repercute sobre ella) sino de estigma, de estereotipos y de descalificaciones creadas y fomentadas por el criminal sistema prohibicionista. Ya hace un tiempo publicamos un artículo sencillo en una línea parecida (ver http://consumoconciencia.org/2019/10/02/el-armario-psicoactivo-2/)

La nicotina es la sustancia con el más alto potencial adictivo de las que conocemos; por su farmacodinámica, al interactuar con el llamado “circuito cerebral de la recompensa” y, además, por el hecho de que la vía habitual de consumo sea la fumada (con inicio del efecto en pocos segundos y que desaparece en pocos minutos), lo que refuerza dicho potencial adictivo. Por dar datos de estudios serios, como los que cita la Comisión Global de Políticas de Drogas en su informe de 2017, un 32% de las personas que prueban el tabaco desarrollarán un uso problemático, frente al 23% de quienes prueban la heroína, alrededor del 17% en el caso de la la cocaína, del 15% de las personas que se acercan al alcohol y del 9% de quienes prueban el cannabis.1 Y decimos esto siendo conscientes de que hacen falta factores correctores para interpretar bien estos datos, puesto que en el caso de la heroína, por ejemplo, y por diversos y complejos factores sociales en los que no entraremos ahora, gran parte de la gente que se acerca a su consumo ya está sometida a muchos otros condicionantes para que dicho consumo sea problemático. Esos condicionantes no aparecen ni por asomo del mismo modo en el caso de drogas legales como el alcohol o el tabaco (o el diazepam…), lo cual todavía hace que los porcentajes que citamos refuercen la visión sobre el consumo de tabaco sobre la que queremos llamar la atención.

Y en este punto aprovechamos para aclarar conceptos que, interesadamente, se suelen confundir. Para ello, de nuevo citamos a la Comisión Global de Políticas de Drogas (2017, p. 15): “La dependencia significa necesitar de una sustancia para funcionar y evitar los síntomas de abstinencia al dejar de consumarla bruscamente. Ésta es un resultado natural de tomar ciertas sustancias regularmente. Por ejemplo, afectará a casi todos los pacientes del dolor que toman opioides diariamente durante cierto tiempo.” Ello no acarrea necesariamente ningún problema social y además, en buena parte de los casos, el consumo se mantiene tras haber evaluado la relación coste-beneficio (efectos secundarios adversos frente a un dolor insoportable o al hecho de no poder dormir, por ejemplo). “La adicción a las drogas, en contraste, está definida por el Instituto Nacional sobre el Abuso de Drogas (NIDA por sus siglas en inglés) de Estados Unidos, como una condición “caracterizada por la búsqueda y el uso compulsivo de drogas, a pesar de las consecuencias dañinas””. Es decir, es este caso la persona no puede abandonar un consumo (o una práctica, no necesariamente asociada a sustancias externas) a pesar de saber que le perjudica mucho más de lo que le aporta. “Droga”, que en su sentido farmacológico (que es el que nos interesa; desde luego no el interesadamente utilizado por instancias políticas), y según la propia OMS, se define como “toda sustancia química que modifica los procesos fisiológicos y bioquímicos de los tejidos o los organismos”, no tiene absolutamente nada que ver con “adicción”. Son conceptos diferentes que sólo el Prohibicionismo y quienes lo suscriben, incluid@s “drogabusólogo@s que incluso hablan absurdamente de “droga sin sustancia” (una oxímoron) para referirse a algunas adicciones, suelen confundir, como decimos, por motivos espurios.

Por otro lado, existe el concepto de uso problemático de drogas, que reconoce el propio Observatorio Europeo de Drogas y Toxicomanía (OEDT), que es necesario para caracterizar consumos que acarrean consecuencias negativas importantes sin haberse desarrollado necesariamente una dependencia o adicción. Es el caso de una sobredosis puntual, por ejemplo, o el de un consumo esporádico pero que hace que la persona pierda el grado razonable de control y cometa actos que acarreen consecuencias de gravedad; desde una relación no consentida, no deseada o sin protección, a cualquier tipo de acto violento o realmente imprudente (relativo a la conducción de vehículos, por ejemplo…). Dicho de otro modo: un consumo adictivo siempre es problemático; un consumo problemático no tiene por qué ser adictivo.

Además de estos conceptos, está el de el uso o el consumo a secas, que no debe identificarse necesariamente con problemas y ni mucho menos con “adicción”, tanto para el caso de las legales como para el de las ilegales. “El veneno está en la dosis” como afirmaba Paracelso y, en todo caso, el predominio del daño sobre el beneficio lo marcará la sustancia y su dosis, el estado de la persona y el contexto del consumo (según el famoso “Triángulo de Zinberg”).

De modo que, en la línea de lo que proponemos siempre y particularmente en el artículo de “El armario psicoactivo” antes citado, dejemos de lado las etiquetas estigmatizantes y, en la medida de lo posible, la ignorancia inducida que padecemos sobre el tema de las drogas. Una persona fumadora habitual de tabaco es estrictamente «drogadicta», lo que no le convierte en indeseable ni en alguien a despreciar. Tampoco lo son quienes realizan otros consumos, ni siquiera aunque fuesen también adictivos. Ni que decir tiene, que lo que debe primar es el respeto a los espacios comunes.

De nuevo dando cifras de la propia OMS, se considera que hay más de 7 millones de muertes directamente relacionadas con el tabaco cada año. Más de 6 millones de ellas son el resultado de su consumo directo, mientras que alrededor de 890.000 son el resultado de la exposición de l@s no fumador@s al humo de tabaco. En contraste, las estimaciones mundiales de la OMS sugieren que 245.000 muertes son atribuibles a las drogas ilícitas cada año; es decir: el humo de l@s fumador@s genera mucho más daño entre l@s no fumador@s que el consumo de todas las drogas ilegales juntas. Aunque introduzcamos también los factores de corrección de estas cifras (número de personas consumidoras en uno y otro caso, por ejemplo) nos podemos hacer cargo de las magnitudes, y también de la injusticia e insensatez descomunal que suponen las descalificaciones a personas con otros consumos que citábamos al principio.

 

1 Anthony, J., Warner, L., Kessler, R. (1994) Comparative epidemiology of dependence on tobacco, alcohol, controlled substances, and inhalants: Basic findings from the National Comorbidity Survey. Experimental and Clinical Psychopharmacology, 2 (3), pp. 244-268

CC BY 4.0 Esta obra está licenciada bajo una Licencia Creative Commons Atribución 4.0 Internacional.

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