Dado cómo está el mundo, casi da vergüenza estar invirtiendo tiempo y esfuerzo en escribir sobre la preocupante involución en la política de drogas; en general y en su siempre correlativa traslación a la prevención en particular. En medio de una ola reaccionaria de escala mundial y rodeadxs como estamos de desastres humanos y ambientales que cercenan cualquier corazón y mente sensibles, este tema podría parecer, relativamente, baladí.1 No obstante cumpliremos con ello (en parte nos obliga el hecho de trabajar en éste ámbito) y comenzaremos con éste una serie de artículos que nos permitan trazar un mínimo análisis de este retroceso; de este arreón en la “Guerra contra (algunas) drogas” que, sin embargo, no se presenta esta vez en términos “nixonianos”; no menciona siquiera dicha “Guerra” ni utiliza para avanzar ciertos vocablos agresivos, sino que se extiende e impone bajo el disfraz de la cientificidad: bajo la premisa, bajo la más absoluta falsedad, de estar basado en la evidencia

No vamos a comenzar esta serie, en cualquier caso, haciendo un análisis macro (como probablemente sería lo más adecuado) sobre las tendencias mundiales y sus intereses subyacentes en el plano económico-político. Sobre cómo a los criminales beneficios sistémicos que esta maldita Guerra reporta a ciertos sectores se añaden hoy (se potencian hoy, mejor dicho) entre otras cosas, los réditos que obtienen empresas prestadoras de servicios (y de ONGs que funcionan como tales) al vender (al imponer) a instituciones de todo el mundo sus “paquetes educativo-preventivos” en este gran negocio. Sobre el modo en que, además, esas instituciones incorporan a ciertxs “preventólogxs” (a“drogabusólogxs”) que engordan espacios corporativos y autorreferentes que viven de perpetuar problemas, e incluso de crearlos, y no de la búsqueda de soluciones.2 

Tampoco abordaremos aquí, por tanto, la actual tendencia de aplicar criterios empresariales de “calidad” a prácticas preventivas, ni el espinoso asunto de que esa supuesta “calidad” y la tan traída y llevada “prevención basada en la evidencia” ignora las evidencias principales, empezando por las históricas, sociológicas, económicas, penales, educacionales y por supuesto farmacológicas del tema.3 Estos mantras, en lugar de animar la búsqueda de una prevención más sólida y realizada con criterios más científicos, se han convertido en un arma arrojadiza para descalificar planteamientos alternativos y para obligar a estandarizar (en el peor de los sentidos) la prevención en torno a las premisas derivadas de la Doctrina Prohibicionista

Quedará también para otro momento la caracterización, la comparación, de esta involución respecto a lo que tiene de común con la que se sufre en la educación en general. Esa burocratización, tan creciente como antieducativa, según un proceso que tuvo como puntos de inflexión la creación de la Agencia Nacional de Evaluación y Acreditación (ANECA) o la elaboración, sacralización y manejo interesado de los Informes PISA, entre otros esperpentos, y que no sólo no hace avanzar la enseñanza sino que la empobrece, como puede constatar cualquier sociólogx críticx de la educación. Un proceso, claro, del que es consciente cualquier docente de instituto que lleve el suficiente tiempo enseñando como para conocer dinámicas de hace tan sólo algunos lustros. Hoy, lamentablemente, dichos esperpentos tienen su correlato “preventológico” en documentos como los Estándares Internacionales en la Prevención del Uso de Drogas de la UNODC (2013), losEDPQS de la EMCDDA (2011; la versión europea de lo anterior) y los Estándares para la Profesionalidad en Adicción y Prevención del Consorcio Internacional de Certificación y Reciprocidad (www.internationalcredentialing.org). En fin, corren tiempos oscuros…

Pero, como decimos, esto nos llevaría muy lejos y nos ocuparía un tiempo que ahora no tenemos, y quizá disuadiría, por su densidad e incluso por su aparente lejanía respecto a sensaciones cotidianas y concretas del trabajo “preventivo”, de la lectura de esta serie de escritos a personas de este ámbito a quienes queremos llegar. Por ello empezaremos por unos (relativamente) sencillos análisis de documentos concretos que, con suerte y si somos suficientemente hábiles, trazarán posibles brechas para vislumbrar esta tendencia general.

Así, con el declarado ánimo de provocar la reflexión (y, dado el panorama político-preventológico, ignorando temerariamente los consejos de Sun Tzu) comenzaremos por uno de los textos de cabecera de lxs “preventólogxs” de la evidencia”, el perpetrado por Daniel Lloret y Víctor Cabrera y avalado por la Delegación de Gobierno para el Plan Nacional sobre Drogas del Ministerio de Sanidad, titulado Medidas de Prevención del consumo de drogas y daños asociados en contextos de ocio nocturno. Revisión de evidencia, eficacia y aplicabilidad(Universidad Miguel Hernández, Editado por el Ministerio de Sanidad, 2023). Dentro de él, tanto en aras de la brevedad como por ser una de las secciones que más de cerca nos tocan, nos centraremos sólo en una de las llamadas “fichas de evidencia”, la dedicada al “Análisis de drogas o drug checking”.4

Veamos pues, lámina por lámina, el análisis del análisis que nos proponen. Comienzan, como en cada epígrafe, con una imagen como la siguiente: 

Lo primero que podemos observar, y sin detenernos en otros matices “menores”, es que consideran que sobre esta práctica existe un nivel de evidencia medio y que le otorgan una eficacia baja.5 Para comprender exactamente esto hay que ser conscientes de que consideran “eficaz”  (¡sólo!) lo que haga que se “reduzca la demanda”, lo que significa, en términos “preventológicos”, lo que consiga que la gente NO consuma drogas. Es decir, lo basado en la enésima actualización del sempiterno eslogan de la otrora primera dama imperial Nancy Reagan.

Quienes trabajamos desde la perspectiva, bajo el paradigma, de la Reducción de Riesgos (R. de RR.), sin embargo, consideramos que hacer prevención consiste más bien en evitar o al menos disminuir los consumos problemáticos y sus efectos dañinos, dado sobre todo que al menos esto, a diferencia de lo anterior, es un horizonte posible y deseable.6 Cabe insistir brevemente aquí en la evidencia antropológicamente incontestable de que usamos drogas cotidianamente todas las personas sin excepción, no sólo para la evasión o el ocio, como a menudo se suele señalar, sinopara muy diversos fines: para sedarnos o relajarnos, para mitigar el dolor, para estimularnos, para evadirnos de una realidad estresante u hostil, para romper la rutina psíquica, para generar contacto o empatía, etc., etc., y bien sean las legales (alcohol, diacepam, loracepam, escitalopram, fluoxetina, café, cacao, etc.), o las ilegales (cannabis, cocaína, MDMA, LSD, hongos psilocibios, etc.) Por ello, loadecuado no es hablar en tercera persona del plural (de “las personas consumidoras”) planteando una dicotomía falsa y que genera barreras, sino siendo conscientes de que todas somos consumidoras, de unas o de otras, y que la que corresponde usar es la primera persona del plural. 

Es por tanto una falacia que exista por un lado “La Prevención”, con mayúsculas, y la única válida, y por otro, acciones complementarias consideradas de reducción de riesgos. La R. de RR. NO constituye una simple apostilla a esa “prevención clásica” (si la podemos denominar así); NO consiste sólo en una serie de prácticas a realizar en espacios de ocio, sino que implica un modo diferente de entender el complejo tema de las drogas y, por tanto, también la prevención, para realizar ésta, como decíamos, desde un paradigma distinto al habitual, al más extendido y ahora en franca ofensiva.7 Es un paradigma que supone trabajar desde otra mirada, que permite incluso evolucionar hacia lo que sería una adecuada Educación sobre Drogas, a partir de la cuál hacer, con distinto enfoque, talleres educativos para jóvenes, para progenitorxs, para profesionales de la intervención social, etc. etc.8 Sólo desde ese marco, contextualizado y entendido así, se entiende adecuadamente que se lleven a cabo servicios de análisis de sustancias, acompañados por supuesto de una información veraz y también de otros recursos (turulos personales e intransferibles, suero fisiológico, filtros, cápsulas vacías, alcoholímetros, preservativos, etc.) para procurar que cuando se produzca el consumo éste sea lo más consciente, informado y seguro posible

Es en este contexto en el que se entiende también la primera de las conclusiones de Cabrera y Lloret, la de que, acerca de esta práctica, existe un nivel de evidencia medio, a pesar de que las primeras entidades dedicadas a ello cuentan con 34 años de antigüedad (29 en el Estado español) y que hoy están repartidas en todo el mundo. A pesar de que por ellas han pasado millones de personas que han podido así evitar una intoxicación indeseada debida a una adulteración, una sobredosis causada por la ignorancia de qué y cuánto contiene su muestra realmente; en general, un problema derivado de no saber cómo se usa esa sustancia, en qué contexto, qué interacciones tiene con otras y un largo etc. Es decir: que han podido hacer lo que habían decidido hacer (algo que con un “NO” nadie puede cambiar… salvo que sea un “NO” policial e implique una incautación, multa o detención, claro…) SIN acabar en el servicio de urgencias de un hospital. Y esto es algo que los autores parecen no entender como “evidente”. 

Al final del texto dedicaremos un pequeño espacio para hablar de algunas dificultades  que entraña recoger evidencia numérica en los festivales y en otros espacios cuando se trabaja en ellos, pero por el momento pasaremos a las siguientes “láminas de evidencia”. Respecto a la segunda, en la que ofrecen la explicación de en qué consiste el análisis de sustancias, casi nada que decir, salvo insistir en la puntualización de que dicho análisis está inserto en una estrategia de reducción de riesgos, no de reducción de daños, como de nuevo vuelven a conceptualizar (mal) los autores.

Pero sí nos detendremos en la tercera, en el “Resumen de la evidencia”. Como ven abajo, comienzan ésta con el lamentable “error”, con clara voluntad de descalificación (lo entrecomillamos porque son errores los no intencionados; los “fallos” que obedecen a otros intereses tienen otro nombre) de que los datos e informes que aportan evidencia provienen de la policía (¿¿??) o de “otras partes interesadas” y no de las propias organizaciones que trabajamos en ello o de investigadorxs que, a su vez, han estudiado nuestro trabajo (y que lo han hecho con diversidad de enfoques y de intenciones, como se verá…).

Obviando (para no alargarnos aún más) ese más que deficiente final del primer párrafo, pasemos a la exposición de porcentajes del segundo, que revela la calidad de la revisión bibliográfica. Veamos: “94,3 %”, “horquilla que va desde el 16 % al 87 %”… ¿Por qué no del 0 % al 100 %, y así acertamos seguro? Los guardianes de la evidencia se permiten lo que, más que un trazo grueso, es una broma del mal gusto. Es obvio que cuando se hace una selección de fuentes, un repaso bibliográfico para una investigación secundaria, se debe hacer un cribado de esas fuentes, y que es necesario saber interpretarlas y determinar la solidez de cada una, no sólo enumerarlas. Y no: no nos sirve la apostilla en la que se refugian: “puede depender de la sustancia…”. Evidentemente depende de la sustancia. Bueno, es evidente para cualquiera que haya salido alguna vez de un despacho y trabajado sobre el terreno; pasado sueño unos cuantos centenares de veces para ofrecer estos servicios en espacios de ocio (o en nuestros propios locales cualquier día del año…)

Un mínimo conocimiento, claro, les ahorraría el bochorno de reseñar la gigantesca sandezque (según ellos) afirman Bolier et. al. y además les permitiría saber que no se puede hablar con rigor de porcentajes sin especificar a qué sustancia se refieren. Lxs ignorantes y basadxs en falacias y no en evidencia que trabajamos en esto tenemos claras obviedades como, por ejemplo, que prácticamente el 100% de lxs usuarixs de MDMA (o “éxtasis”) la desecharán y no la tomarán si tras el análisis les decimos que está adulterada o sustituida (y por supuesto, ese será nuestro consejo); que lo mismo ocurrirá con las personas que vayan a consumir LSD, mientras que, a la inversa, casi la totalidad de las consumidoras de cocaína la tomarán igualmente aunque les avisemos de que su muestra está adulterada; con levamisol, por ejemplo. Comprarla a 60 euros el gramo, la asunción previa de que “siempre está cortada” (aunque no sea así), el perfil de las personas consumidoras y lo que se pretende conseguir con el consumo, muy diferente en general al caso de quienes tienen la MDMA como principal droga de elección en estos contextos (y estamos, lógicamente, simplificando para no extendernos más) son algunos factores que explican esto. Como también explican que unas sustancias y otras efectivamente presenten en la calle diferentes grados de adulteración (mucho más alta en el caso del clorhidrato de cocaína; aproximadamente una de cada veinte muestras en el caso de la MDMA, por ejemplo).9 

El perfil de las consumidorxs y su nivel de exigencia son algunos elementos, entre muchos otros, que condicionan un mercado; ilegal, pero un mercado al fin. Y por cierto que en el caso de la cocaína esta actitud habitual no hace que el servicio sea irrelevante, sino que la intervención se centra más en informar sobre la sustancia, su composición, los adulterantes y sus efectos, los riesgos de las mezclas, y también en proporcionar materiales como turulos limpios personales e intransferibles (que eviten contagios de enfermedades, debidos al uso para el esnifado de billetes llenos de suciedad y a compartirlos con otras personas) o viales de suero fisiológico en monodosis para disminuir el daño en las mucosas nasales. Por ejemplo.

Acerquémonos más al final de este examen, pasando ya a la sección 4. De ella, y obviando de nuevo algunas cosas en aras de la mayor brevedad posible (que, como ven, no es mucha…) señalaremos en primer lugar lo que apuntan hacia la mitad del texto: “Además, se puede producir un sesgo de auto-selección de sustancias entre los/las voluntarios/as que aporten sustancias, dejando así fuera las sustancias potencialmente adulteradas” (la negrita es nuestra; la reiteración de “sustancias”, suya). ¿¿¿¿¿¡¡¡!!!????? ¿En serio? Podríamos comentar esto aludiendo de nuevo a la incapacidad de comprender ciertas cosas que pueden exhibir quienes que no han sacado el culo de su despacho (como ven, nos vamos calentando y perdiendo ciertas formas) pero que aún así se permiten erigirse en jueces. Sin embargo, esto va más allá. Cualquier persona, sin excepción, a la que le mostramos esta diapositiva en nuestros cursos, haya estado o no en un festival (siquiera como asistente) entiende que aquellxs que se acercan a nuestro estand (y que huirían despavoridxs de otro que les conminase a ¡NO consumir!) quieren disfrutar, no acabar en urgencias, y que como es lógico nos dan precisamente aquellas muestras de las que dudan, si no todas las que poseen; para “tener la fiesta en paz”, como diría aquel… Al contrario de lo que afirma el insufrible jefe de la prevención de Europa, Señor Burkhart (con quien tuvimos ocasión de “debatir en diferido” en Montevideo) cuando a las personas, desde el respeto y no desde la imposición, les ofrecemos medios para cuidarse más… ¡los usan!; al menos en suinmensa mayoría (y, bien es cierto, su porcentaje depende de factores como el tipo de evento o las sustancias de elección; si el alcohol está de por medio, esto se puede cumplir en menor medida, por ejemplo). El aserto de Cabrera y Lloret es, por tanto, tan delirante que no puede obedecer a una tan flagrante incapacidad de comprensión, sino a una clara mala fe

Evidentemente (que no se nos malinterprete por nuestras encendidas referencias a los despachos) el estudio y la valoración de éstas y otras prácticas no es ni debiera ser exclusivo de las personas que las realizan. Se pueden y deben hacer investigaciones que supervisen las políticas públicas, desde luego, y afortunadamente hay también muchas personas competentes, valientes y cabales detrás de un escritorio. Cuestión bien diferente, que analizamos aquí, es el hecho de que algunos “estudios” sean, al tiempo, tan pretenciosos como profundamente deficientes, tanto en su calidad teórica como en su ética; que con ellos no se pretenda en absoluto ser rigurosos científicamente sino apuntalar ficciones cargadas de intereses espurios.

No entraremos en la mala caracterización subsiguiente de “otras barreras” (en las que (mal) mezclan elementos conceptualmente) y finalizaremos (ninguna sorpresa…) mostrando nuestro hastío ante la última frase, sempiterna acusación vertida sobre las entidades de reducción de riesgos, con la que se nos ataca e intenta descalificar constantemente, y que nos ha hecho sufrir incluso escándalos mediáticos (y castigos varios subsiguientes…) generados o apoyados por gente que ni tiene conocimiento alguno sobre el tema de las drogas, ni entiende esta perspectiva ni, para qué ser suaves con el aserto, sabe de lo que habla.

Esto nos conecta, para ir acabando, con la quinta y última lámina (salvo la que remite a la bibliografía) en la que de nuevo, y como síntesis final, demuestran (absolutamente nada más…) que lo que anima su “estudio” es la descalificación de una práctica que no comparten ni entienden. Una práctica que es indisoluble de un paradigma de análisis del tema de las drogas (no sólo de análisis de las sustancias) y cuyaevaluación les queda grandísima a estos autores

Acabaremos con unas notas finales, como habíamos prometido, porque resulta imprescindible hablar sobre datos y sobre evidencia; de las características y las dificultades de su recolección y sistematización. Como es lógico, hay una buena parte de la recopilación de datos que, en un evento nocturno y por obvias razones de posibilidad, resulta complicada. No lo es sin embargo (apenas), y de hecho lo hacemos siempre, llevar el registro de las muestras analizadas y de los resultados arrojados. En el caso de que no contemos más que con reactivos colorimétricos y/o con los necesarios para realizar una TLC (Cromatografía de Capa Fina, por sus siglas en inglés) lógicamente estos resultados serán cualitativos sobre cada muestra (no podremos determinar la cantidad de principio activo contenido en ella) y serán cuantitativos sólo (y nada menos…) respecto al número de ellas que están adulteradas y (en ocasiones) respecto a la naturaleza y número de adulterantes. Recordemos una vez más que el análisis, además de utilidad en sí mismo (preventiva y de recolección de datos del mercado ilegal) funciona también como un “gancho” para poder generar espacios de confianza (ganada a pulso también por el tipo de información que damos; más completa y ajustada, más científica y basada en la evidencia que la de la “prevención basada en la evidencia”) y poder ofrecer en ellos mensajes y materiales de reducción de riesgos.10

Ese conocimiento, sobre todo cuando se dispone de un espacio con instrumental de laboratorio de precisión (para realizar cromatografía de gases acoplada a espectrometría de masas (GC-MS), resonancia magnética nuclear, etc.) o en los mismos espacios de ocio (con espectrofotómetros de infrarrojos, por ejemplo) se convierte más tarde en informes como los que antes referenciábamos. Éstos ofrecen a las instituciones unos datos a los que de otro modo éstas no tendrían acceso, o lo tendrían sólo de modo muy sesgado.11 Por supuesto, estos informes cumplen una labor preventiva de cara a las personas usuarias, del mismo modo que las alertas lanzadas cuando se detectan adulteraciones peligrosas, sustancias relativamente desconocidas en cada ámbito o, por ejemplo, comprimidos con dosis descomunales que pueden provocar fácilmente episodios de sobredosis.

Resulta también sencillo cuantificar (para satisfacer las obsesiones antes mencionadas) algunos indicadores de seguimiento y de aceptación de mensajes. Por ejemplo los relativos a las redes virtuales, donde las entidades de R. de RR. literalmente vapulean (a pesar de los escasos medios) a las instituciones evidenciabasadas. Sin embargo, es lógicamente más difícil, sobre el terreno, que las usuarias rellenen cuestionarios de satisfacción, con propuestas de mejora y con registro de datos anónimos (para una evaluación-investigación). Recordemos que esas personas están de fiesta en esos momentos… Las fórmulas que hemos probado y puesto en marcha las asociaciones son múltiples y, según nuestra experiencia, lo más viable y eficaz casi siempre son los cuestionarios colgados eninternet, que se rellenen en escasamente un minuto y con preguntas cerradas (salvo una última relativa a esas propuestas de mejora) y a los que pueden acceder con el QR que les proporcionamos. Decimos “casi siempre” porque en algunos grandes festivales no hay cobertura y hay que implementar otras estrategias, y desde luego tampoco nosotrxs tenemos la fórmula perfecta. El apoyo generalizado y masivo que recibimos por parte de las personas usuarias, el impacto que tiene el servicio en la protección de su salud y, más aún, su valor en tanto que educación informal sobre el tema de las drogas es tan evidente para quienes estamos allí como imposible de mensurar.

Volviendo a lo numérico, resulta todavía mucho más complicado obtener y sistematizar datos de los servicios de emergencias, no digamos ya los de los CC. y FF de Seguridad del Estado (respecto a registros anuales de accidentes en carretera, por ejemplo) o de los lógicamente inaccesibles (y además no desglosados) registros de urgencias hospitalarias. Para hacer una profunda investigación que evaluara el impacto en función de ese tipo de números serían necesarias series temporales extensas de datos de cada lugar, en base a las cuáles establecer comparaciones con alguna validez estadística,pre y post oferta de servicio de reducción de riesgos.12 

Lo más parecido que podemos tener a eso, dados nuestros medios y el punto de desarrollo en el que se trabaja en el marco de dichas Administraciones, son los reportes de los servicios de emergencias que intervienen junto a nosotrxs en el mismo lugar. Por ejemplo, la SEMPSI (Sociedad Española de Medicina Psicodélica) destacaba que en la edición de 2025 del Festival Own Spirit, “de las aproximadamente 600 intervenciones que se hicieron -durante 6 días- la mayoría fueron incidentes físicos (suturas, esguinces, etc.) y que de los incidentes por consumo de sustancias hubo cero derivaciones al hospital y cero episodios en los que fue necesario el uso de benzodiacepinas o neurolépticos” (la negrita es nuestra). Esto fue posible por la acción combinada de nuestro estand (preventivo de reducción de riesgos) y del equipo del denominado Psycare, un servicio con 15 personas experimentadas que atendieron y cuidaron a personas que sufrieron malos viajes y otras reacciones adversas. Recordemos que estamos hablando de un festival de 6 días de duración, con alrededor de 4300 asistentes y donde se produce un consumo generalizado de (no sólo pero sobre todo) entactógenos, como la MDMA, y de psicodélicos, como la LSD, los hongos psilocibios, la 2C-B u otros. Evidentemente, este caso es muy diferente al de otro tipo de festivales, y no digamos ya al de las fiestas patronales, ya que éstas son, en algunos sentidos, intervenciones más simples, pero más complicadas en otros, aunque ni en esta comparación ni en su complejidad nos podemos extender aquí.

Y evidentemente, porque es nuestra intención y función, serían relevantes los datos relativos a evitar los consumos problemáticos (o los mentados daños derivados, como los accidentes por conducción bajos los efectos de sustancias) no a evitar el consumo; única variable que algunxs entienden como prevención.13 Por cierto que esto, lo de disminuir el consumo también sucede, pero por razones completamente distintas. Planteemos para ejemplificarlo dos situaciones bien reales. Si una persona se nos acerca en un festival y nos comenta que va a consumir, pongamos, MDMA (o “éxtasis”) en formato de “cristal”, y le decimos algo así como “¡Alma cándida, NO consumas! ¡Di NO!”… antes de que le soltemos la retahila de falsedades y tergiversaciones sobre dicha sustancia y los efectos de su consumo que son seña de identidad de la “prevención evidente” (evidenciada, evidenciosa, evidentísima…) y que da vergüenza ajena escuchar y leer, esa persona contesta “buenas noches” y se aleja. Duración de la intervención: 3,2 segundos. Utilidad: cero. Consumo: realizado, y de cualquier manera. Si, en cambio, le pedimos (como de hecho hacemos) que nos haga cualquier pregunta que quiera sobre el consumo de la sustancia que ha decidido tomar, le ofrecemos nuestra información escrita (para otro día) e, in situ y en el momento, contestamos a todas sus cuestiones, le preguntamos si tiene alguna patología relevante, si ya ha consumido otra cosa y si, por tanto, va a hacer una mezcla, si tiene experiencia previa con dicha sustancia, si quiere hacer uso de la báscula de precisión para poder dosificar (y no andar mojando el dedito en su “gramo”, por ejemplo) y si, además, quiere analizarla para poder detectar una posible adulteración si la hubiera…; si, en definitiva, tras todos esos síes condicionales decide hacer uso de ella, lo que es prácticamente seguro, como se demuestra sistemáticamente, es que esa persona no acabará en un servicio de urgencias ni, en el peor de los casos, en otro lugar. Duración de la intervención: muy variable, pero entre 6 y 8 minutos de media. Utilidad: alta (sí, hay que poner la “equis” en la casilla de “alta”, señores Cabrera y Lloret). Resultado derivado: en lugar de huir del estand en dirección contraria, esa persona nos trae a todo su grupo de amigxs, y el resto de la gente al verlo (o al correrse la voz, en el caso de que sea una intervención en un lugar en el que todavía no conocen estos servicios o no sabían que estábamos), se acerca y confía en nuestras indicaciones y en nuestro trabajo en general. 

Y, como decíamos antes, no pocas personas deciden no consumir tras esa conversación con nosotrxs (al menos en ese momento y lugar) al darse cuenta, quizá, de que algunos de los múltiples condicionantes que influyen en los efectos del consumo no eran los más propicios. Y será por decisión propia, al ser más conscientes y tener más conocimiento, no por imposiciones legales ni, desde luego, por haber tenido que soportar milongas cargadas de “preventomitología”.

Pero todo esto, claro, son prácticas irresponsables basadas en una evidencia media y en una eficacia baja; ensoñaciones de los que además de pisar el terreno (y de estar dentro de las aulas, por cierto, pero eso queda para otra ocasión, porque además ya hemos sido conminadxs a dejar de hacerlo) y no estar sentados a una mesa con una toga auto-investida como estos “investigadores”, nos dedicamos, como miente el sentido común prohibicionista impuesto, a promocionar el consumo. Es lo que hacemos quienes no disponemos de la legión de burócratas que hacen malabares con la estadística para justificar políticas y apuntalar discursos tan falsos como excluyentes. Y cómodos. Fuera de ironías, como es obvio, sólo desde un marco de abordaje diferente, basado en la real protección de la salud pública, de la seguridad pública y de los derechos, y no desde uno erigido en base a falsos constructos y desde el sistema penal, podemos hacer algo digno de ser llamado “prevención”. Eso sí es una evidencia.

Porque desde luego también es una evidencia que las personas que hacemos estos análisis (o, al menos, la mayoría) desearíamos no tener que hacerlos. Ojalá no fueran necesarios porque hubiéramos alcanzado un desarrollo en las políticas de drogas por el que se estableciese una adecuada regulación de la producción y el consumo de las sustancias hoy ilegalizadas. Un desarrollo o, según se mire, una vuelta a la sensatez pre-Dogma Prohibicionista. Según palabras del Dr. Radío, “El experimento social es la Prohibición, no la Regulación”.14 O como afirmaba Javier Martínez Lázaro, juez de lo penal del juzgado nº4 de Madrid: “Algún día, cuando la despenalización de las drogas sea una realidad, los historiadores mirarán hacia atrás y sentirán el mismo escalofrío que hoy produce la Inquisición”.

En suma: las entidades de reducción de riesgos que, como parte de todo nuestro trabajo (quizá la más llamativa y seguro la más polémica) realizamos análisis de sustancias pero que fundamentalmente cuestionamos unas políticas de drogas iatrogénicas (éstas sí…), criminales y criminógenas, hacemos lo que buenamente podemos con los medios que tenemos, que son pocos y además están en retroceso, bajo el fuego pasivo-agresivo de la ofensiva preventivo-prohibicionista que venimos comentando. Con menos medios en el Estado español que en Suiza o que en Holanda; muchos menos Consumo ConCiencia que otras como Energy Control o Ai laket! (y, ¡ojo!: lo decimos deseando que ellxs tuvieran aún muchos más…) y con una permanente Espada de Damocles sobre nuestras cabezas.15 En parte, gracias a “teóricos” del nivel de los evaluadores a los que hemos aludido en este artículo. Si nos da la salud, la energía y la paciencia, y si este mundo no estalla en pedazos cualquier día de estos, seguiremos resistiendo.

Javier Sánchez Arroyo, Dr. en Historia Contemporánea y fundador y coordinador del Programa Consumo Conciencia.

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1 Discúlpesenos que vayamos a salpicar este artículo con notas no sólo frecuentes sino muy extensas en ocasiones, porque por ser el primero de la serie creemos necesario explicitar algunas de las premisas de las que partimos, pero de modo que no hagan demasiado extenso el núcleo del mismo, y de forma que éste se pueda leer sin recurrir necesariamente a ellas. Confiamos en que sea una fórmula acertada… No profundizaremos, por ello, en el cuerpo del artículo en por qué usamos el término “relativamente”… El asunto de las drogas es un tema total (utilizando la terminología del sociólogo Marcel Mauss) que exige (y permite) analizar la sociedad en su conjunto. El Sistema Prohibicionista, instaurado en origen por la presión de círculos ultraconservadores protestantes estadounidenses en conjunción con los intereses de la industria farmacéutica, con otros intereses comerciales coloniales y también con marcados sesgos racistas, ni siquiera es “fracasado”, ya que lo que pretende, la generación de superbeneficios, la “legitimación” de intervenciones militares, profundizar en el control social, el embrutecimiento y/o aturdimiento general, etc., lo hace bastante bien, independientemente de las declaraciones piadosas (sobre la supuesta protección a la salud pública) utilizadas para justificar dicha guerra, que son evidentemente falsas. Al “dinero negro” que genera este sistema, se suman las ingentes cantidades de “dinero blanco” que se mueven, como los beneficios de la industria farmacéutica, el destinado a los aparatos represivos y también a todo el entramado asistencial; una de las variables que más condicionan lo que estamos exponiendo hoy aquí.

2 Preventología es un término que manejan habitualmente sus “teóricxs” (por ejemplo, Becoña, E., en Bases científicas de la prevención de las drogodependencias, PNSD, Madrid 2002) en un intento de construirla en tanto que una ciencia en sí misma… y por mal camino, desde luego, según se está construyendo su corpus. “Drogabusólogxs” es un vocablo utilizado sobre todo por Eduardo Hidalgo en sus textos, por ejemplo en el brillante Hedonismo Sostenible, Ed. Amargord, Madrid 2012. Respecto al “problema droga”, podemos leer, por ejemplo, a Touzé: “El “problema droga” remite hoy más que a datos objetivos sobre la realidad del fenómeno a una determinada percepción asentada en concepciones estereotipadas e irracionales. Tal percepción social, varía históricamente y responde más a condicionantes de tipo sociopolítco que a modificaciones sustanciales en los patrones epidemiológicos.” En Touzé, G., Manual para educadores: Prevención del consumo problemático de drogas. Un enfoque educativo, Intercambios, Buenos Aires, 2010, p. 22. También podemos escuchar la brillante intervención (como eran habituales en él) del Dr. Daniel Radío, ex-secretario de la Junta Nacional de Drogas de Uruguay, una de las pocas personas que, estando dentro de su cargo y no ya desde un cómodo retiro, eran valientes para denunciar la ignominia de las actuales políticas de drogas: https://www.youtube.com/watch?v=1XLW–l3p7U&t=2s (esencialmente hasta el minuto 7 del vídeo)

3 Estamos trabajando también en la elaboración de una lista (sucinta; no tenemos tanto tiempo en lo que queda de vida de todas esas evidencias incontrovertibles, en este caso sí, que ignora y viola sistemáticamente esta doctrina y su correlato preventológico.

4 Obviaremos en este texto infinidad de otras cuestiones de este informe, claro. Entre otras, la absolutamente desenfocada e imprecisa definición que hacen de los conceptos “reducción del daño” y “reducción de riesgos” (basándose, eso sí, en la infame caracterización de dichos conceptos que hace la Oficina de Naciones Unidas contra la Droga y el Delito )confundiendo absolutamente su sociogénesis, sus enfoques, sus fines y sus dinámicas de trabajo, y más allá de que en prácticas o dispositivos concretos a veces se hagan ambas cosas. Obviaremos también comentar el cuando menos curioso epígrafe siguiente, a saber: “Presencia policial en contextos de ocio”. Curioso no porque no sea procedente analizar esto, sino porque en esa análoga sección primera marcan como “campo de actuación” sólo las drogas legales y, en concreto, sólo el alcohol… ¿¿?? Centran por ello su contenido en estudiar el cumplimiento de la normativa de no dispensación a menores y asuntos así. Y no, no es que haya otro epígrafe en el libro en el que aborden el control de las drogas ilegales; la “reducción de la oferta”, según el ubicuo eufemismo preventológico-prohibicionista. ¿Será que lo obvian para no tener que constatar la evidencia de que ese control de las sustancias ilegalizadas no sólo no contribuye a solucionar problemas sino que es una de las principales fuentes de ellos? ¿Será que quieren evitar cualquier crítica al actual sistema de fiscalización porque eso tiene un coste académico, político, de financiación, etc.? Son preguntas retóricas, claro, sabemos la respuesta. Luego veremos más ejemplos de cobardía y servilismo; redactados, eso sí, como si fueran producto de la más pura excelencia científica.

5 Nos referimos con otros matices, por ejemplo, a la brillante segmentación (en parte, es lo que tiene estar siempre a vueltas con la obsesión por dicha segmentación) de “los destinatarios”: los “adultos” al parecer no pueden ser a su vez “madres-padres”; las “mujeres” no son “jóvenes” o “adultas”. Sería bueno tener un poquito más de cuidado con los conjuntos y los subconjuntos si se quiere ser un fundamentalista de la clasificación de personas.

6 “Las drogas a menudo se presentan como contaminantes no naturales, introducidas en una sociedad desde el exterior o por fuerzas desviadas. En realidad, se han utilizado a lo largo de la historia de la humanidad. En antropología, «las técnicas y/o sustancias que alteran el estado de ánimo o la conciencia» forman parte de la lista de «humanos universales», junto con la música, el lenguaje, el juego y otros, formando el conjunto básico de herramientas culturales. De hecho, el uso de drogas no se limita a la especie humana, sino que se extiende también a otras: muchos otros animales persiguen deliberadamente la intoxicación.” Informe de 2017 de la Comisión Global de Políticas de Drogas, El problema mundial de la percepción de las drogas, p. 11. O como lo expresaba el farmacólogo Louis Lewin en la introducción a su obra Phantastica, de 1924: “Salvo los alimentos, nada hay sobre la Tierra tan íntimamente asociado a la vida de los pueblos, en todos los países y tiempos”.

7 Estos son, en síntesis, los principios básicos de la Reducción de Riesgos:

1-Se trabaja desde la educación en la responsabilidad y se ofrece un trato horizontal, desde el respeto y sin censuras respecto a lo que la gente decide hacer con su salud.

2- Se hace una prevención que tiene en el conocimiento uno de sus pilares, desde la precisión farmacológica (lo que incluye por supuesto el análisis de sustancias), sin sesgos políticos en lo informativo, y que parte de un examen histórico, económico-político, sociológico, penal, educativo…

3- Está basada en evidencia y es económicamente sensata. La reducción de riesgos se basa en la ciencia, también en la pedagógica, y emplea métodos que son de bajo costo y alto impacto.

4- Por último, pero esto es particularmente importante, todas las organizaciones de R. de RR. integradas en coordinaciones internacionales, como la IDPC, cuestionan las políticas y las prácticas que maximizan los riesgos y los daños, esencialmente las leyes predominantes y, por supuesto, otros factores contextuales. Por tanto, también rechazan los estereotipos y la estigmatización, y buscan proteger los derechos humanos y la salud de las personas.

8 De hecho, en la República Oriental del Uruguay uno de los principios rectores de Secretaría Nacional de Drogas es (y dejando ahora de lado debates más finos sobre algunos términos) la “Gestión de riesgos y reducción de daños”; no como una apostilla a la “prevención”, sino como un enfoque general. Otra cosa es que, por supuesto, dicho enfoque, en desarrollo, choca todavía con el marco prohibicionista del que es heredero el país (como todos, por otro lado…), que dirige y condiciona muchas de sus políticas.

9 No es operativo entrar en más detalle, pero ahí están los informes que realizan las organizaciones de R. de RR. Ver por ejemplo éste de Energy Control: https://energycontrol.org/informe-mercados-2025/. Elaborado, por cierto… ¿por la policía? ¿Por las “partes interesadas” como las usuarias…? En fin…

10 De riesgos… y de daños. Como decíamos antes, se trata, en tanto que paradigmas, de miradas distintas con diferente sociogénesis y modos de trabajo; la de riesgos se define esencialmente por el término “prevención”; la de daños por el de “asistencia”, entre otras muchas diferencias. Sin embargo, en cuanto a acciones concretas, en las intervenciones hacemos ambas cosas. Por ejemplo: un turulo personal reduce los riesgos de contagio; un vial de suero fisiológico para lavar las fosas nasales reduce el daño ocasionado por el esnifado. Pero esto, como decimos, remite a los actos concretos; los paradigmas son distintos aunque se suelan mezclar, definir mal o confundir. De hecho, en inglés sólo se maneja el término “harm reduction” para todo, lo que incrementa dicha confusión.

11 Recabados a través incautaciones, con un claro sesgo, o de análisis de aguas residuales, por ejemplo.

12 Es decir, haría falta un ingente volumen de trabajo, equipos amplios, presupuesto y todas las facilidades del mundo por parte de las Administraciones, además de, claro, muchos años de intervención en los mismos eventos y lugares, y datos de largas series anuales previos a las mismas, como decíamos.

13 Nos referimos a los accidentes en carretera porque, aunque seguramente en muy poca medida, el hecho de repartir alcoholímetros de un solo uso (de alta calidad) y de tener en nuestro estand también un alcoholímetro homologado de precisión puede contribuir a evitar que algunas personas cojan el coche borrachas y, por tanto, a que haya menos accidentes.

14 “Regular es ser responsable” es el lema del poder público que reza en los envases de cannabis que se adquieren en las farmacias en Uruguay.

15 A día de hoy llevo 25 años trabajando en el tema, fundé la Asociación hace 10 y todavía no he conseguido cobrar 12 meses al año; no he estado ni siquiera cerca durante la mentada década… Y no digo esto por una cuestión personal, sino por dar cuenta de los medios asimétricos que tenemos unxs y otrxs; inversamente proporcionales a la exigencia a la que estamos sometidos, por cierto.

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