(Transcripción de una ponencia sobre Psicodélicos y Transformación Social, junio de 2024)
Buenos días, gracias por venir, por estar en este encuentro que hemos propuesto con tanto cariño. Agradecemos vuestra presencia y por supuesto a Raúl su acogida y el hecho de crear este rincón precioso. Tenemos la voluntad de que sea un espacio de conexión, de encuentro, de conocimiento y también de reflexión, y por eso en esta primera mesa queríamos plantear el marco general de análisis, para poner sobre el tablero el lugar desde donde proponemos estas jornadas, desde donde miramos el mundo y, por tanto, a partir de donde queremos construir. Por eso hemos llamado a esta introducción (que será breve, para dejar espacio luego al diálogo y también a la potente mesa que vamos a tener después) “politicodélica”; que fue el primer nombre que surgió así muy espontáneamente y que nos pareció adecuado…;-)
Para nosotras es absolutamente inexcusable el anclaje político de la experiencia psicodélica, tanto en el análisis como en lo que quizá podríamos llamar la “toma a la tierra”. El aterrizaje de la psicodelia es la política, por supuesto en el sentido noble del término. La poliética, es decir, la proyección de la ética al espacio amplio para construir mundos más dignos que aquellos a los que este sistema criminal, genocida, etnocida y ecocida nos aboca. Espacios de resistencia y de transformación, como anticipamos con el título de las jornadas.
Así que vamos ya con esa mínima introducción, que pretende ser en primer lugar un paso fulgurante por la historia; un apunte que sobrevuele por temas en los que se profundizará a lo largo de la jornada.
La primera obviedad es hacer notar que hoy se habla mucho del “segundo renacimiento psicodélico”, y que eso conmina a mencionar el “primero”, para ponerles a ambos unas enormes comillas, en realidad, porque es obligado constatar que hablar así, pensar siquiera en esos términos, implica un etnocentrismo insoportable (sobre eso hablaremos largo y tendido en el conversatorio de la tarde) y una minusvaloración de las culturas que jamás han perdido esos usos y que los tienen integrados en sus cosmovisiones y en sus comunidades. Ese etnocentrismo que, por cierto, persiste a tantos niveles, incluido en el campo de la investigación en el marco de ese “segundo renacimiento”; luego lo comentaremos en la mesa siguiente…
Sin embargo, sí podríamos matizar esto un poco si pensamos exclusivamente en Europa y en cómo parece que así recuperamos los saberes que en nuestro entorno geográfico más cercano fueron acallados a sangre y fuego y a golpe de crucifijo. Ya sabéis de sobra que lo primero que hizo el cristianismo al llegar al poder, cuando a finales del siglo IV se convirtió en la religión oficial del Imperio Romano, fue sustituir la experiencia por la fe y proscribir y quemar todos los saberes paganos. La destrucción de la biblioteca de Alejandría, y después la de Bizancio, fueron actos que podríamos considerar fundacionales del cristianismo. Destrucción de conocimiento de increíbles dimensiones (hablamos de unos 160.000 volúmenes quemados) con la que se buscó eliminar, entre otras muchas cosas, unos saberes médico-farmacológicos ancestrales que se consideraban heréticos, y que fue parte de la persecución de todo lo que pusiera en peligro el dogma de fe. A ello le siguieron periodos de intensificación de las resistencias, y por tanto también de la represión inquisitorial (que, por cierto, es esencialmente moderna, no medieval como se suele decir…) que sufrieron las personas acusadas de practicar la mal llamada “brujería”. Dicha persecución, particularmente a comienzos del siglo XX, se transmutó en cuanto a su forma y alcance, pero tiene como trasfondo siempre esa intención del poder político y religioso dominante de anular toda alternativa.
Así que bien es cierto que tras momentos de cierta apertura intelectual y antes de un nuevo cierre (todavía persistente…) el hecho de que algunos europeos viajasen y conocieran culturas en las que, pese a la colonización y la aculturación, habían sobrevivido estos conocimientos con más fuerza y arraigo y modelaje de cultural que aquí, sin duda hizo más sencillo que esos saberes etnobotánicos volviesen a aflorar en Europa y en Estados Unidos… (ese país sin historia erigido también sobre un genocidio, como su actual socio sionista….)
Así, farmacólogos como Lewin conocieron el peyote a finales de siglo XIX; poetas surrealistas como Antoni Artaud viajaron también a tierras tarahumaras… Ya sabéis que años antes de que Hofmann descubriera la LSD y de que Huxley escribiera Las puertas de la percepción, filósofos, médicos, etc. se reunían para probar mescalina y hachís de la farmacéutica Merck para explorar conciencias y saberes. Walter Benjamin, de hecho, tituló así, Hachís, el libro en el que describe algunas de esas sesiones.
Más tarde llegaría ese hito del descubrimiento del ácido, y tras ello los miles de artículos científicos que apenas una década después había acumulados en torno a él, aunque es cierto que muchos de aquellos adolecían una perspectiva paupérrima que lo calificaba como “psicotomimético”, hasta que en 1957, Osmond, el psiquiatra que acompañó a Huxley en aquel emblemático viaje con mescalina, cambió el debate y acuñó el término “psiquedélico”. Todo esto, además, acontecía en paralelo a la archiconocida investigación militar por parte de la CIA, el proyecto MK-Ultra, con LSD y otras sustancias en la búsqueda de “armas no convencionales”.
También más tarde llegarían los viajes de ese banquero sin escrúpulos, Gordon Wasson, para sonsacar y engañar a la chamana María Sabina; la síntesis de la psilocibina en laboratorio, de nuevo de la mano de Hofmann; los excesos del insufrible Timothy Leary, bien patrocinados por ricos mecenas, y la extensión del uso de psicodélicos por las calles, que, sobre todo en el gigante genocida norteamericano, se convertía en un problema político por su asociación con movimientos contestatarios que se oponían de modo más visible y evidente a la agresión contra Vietnam, pero también al vendido como idílico American Way of Life y su falso Sueño Americano, que excluía, y excluye (hoy un pelín menos, sólo un pelín…) a todo lo que no encajase con el modelo blanco, cristiano, dócil y acomodado “económicamente”.
Por cierto que, me vais a permitir un mínimo paréntesis para dejar introducido un debate que hoy demasiadas veces se escucha planteado en unos términos que considero muy dañinos. ¿Ese “primer” renacimiento psicodélico en Europa y EE. UU. se truncó… porque “se controló mal”? ¿Por el poco cuidado al extenderse en la calle ciertos saberes y usos? ¿Por desbordar los muros de la academia y las paredes de laboratorios y convertirse en un problema político? Es decir, ¿se plantea de un modo que criminaliza la protesta? ¿Se pone el foco, y no me vale que esté disfrazado de pensamiento estratégico o táctico, ni hostias, en esos “errores” de la población rebelde y no en la reacción de las instancias represoras? Es esta una perspectiva que, conscientemente o no, es profundamente conservadora, reaccionaria, elitista, academicista y muchos otros calificativos que me voy a guardar… Más adelante lo conectarermos con las valoraciones acerca de cómo se está pilotando hoy, y con qué premisas económico-políticas (con el beneplácito de la mayoría de “expertos”) ese “segundo renacimiento psicodélico”.
Apunte hecho, nos detenemos ahí, en ese momento clave de los 60 y 70 del siglo XX porque lo que nos interesa es mirar al pasado para sacar las lecciones de una mirada superficial, idealista en términos filosóficos (por contraposición al materialismo, en el buen sentido del término; insisto, el filosófico) que equivocando herramientas con destinos, química con ética, fogonazos con transformaciones reales y los cambios superficiales con los profundos, “cielo” e instante con “tierra” y permanencia, creyó haber dado con la clave mágica (en este caso, en el mal sentido de la palabra) para lo que Huxley y otros llamaron la “revolución final”.
Dicho de otro modo, corresponde hacernos la pregunta de por qué en lugar de esa revolución final lo que siguió fue una tremenda decepción, el sempiterno “desencanto” (ése que se pueden permitir quienes comen todos los días…), una sensación de que lxs “hippies” (al parecer todxs, generalizando además…) no vendían sino humo, adaptación al sistema e incoherencia tras sus “ardores juveniles”, y por tanto una involución en lo que significaron aquellas sacudidas políticas, que alfombró la criminal reacción neoliberal que todavía sufrimos. O, de un modo más concreto y parcial, podemos preguntarnos por qué tanta gente que ha tenido experiencias psicodélicas y que ha sido incluso referente en el tema de las drogas, pongamos como ejemplo al mismo Escohotado como el caso más conocido, aunque hay muchísimos otros, se han construido como ultrareaccionarios recalcitrantes, y que en lugar de avanzar hacia la transformación social han ejercido y ejercen como como un freno de mano para ella.
A mi modo de ver esto segundo sucede porque sin duda el ego, en los momentos culmen de las experiencias psicodélicas, se puede disolver, pero para reconstruirse después. Y tras esa posibilidad de deconstrucción, de reelaboración, si lo que volvemos a programar es “Windows”, permitidme la imagen…; si no somos conscientes de que por el hecho de (mal)vivir en este manicomio disfrazado; en este simulacro de sociedad, en realidad “asocial”; en el mundo absolutamente individualista y violento propio del capitalismo dominante; si no salimos de los entornos “normales” y normativos para crecer en otros más saludables, y si no acompañamos los viajes con una ética de transformación (y en muchos de estos psiconautas, el conservadurismo estaba y está en la base de su actitud), no sólo se introyectarán con más fuerza los patrones sistémicos sino que además esto sucederá en individuos que pasarán a ser creyentes del mantra, de la falsedad, de que dichos patrones son renovados y “propios” (suyos, desde una perspectiva desenfocada, individualista y hasta ególatra), incluido, por poner un solo ejemplo, el que condiciona esa falsa manera de entender la libertad que nos vende el sistema. Es decir, apuntalará el sistema dominante rá impregnando sin remedio a los mismísimos psiconautas de la cosmovisión que promueve el capital en todos los sentidos.
Esa mirada idealista (de nuevo, en el sentido filosófico del término) y, por tanto, sin aterrizaje y también profundamente incoherente entre lo que se dice y lo que se hace, mezclada con la confusión acerca de lo que resulta esencial para que se den transformaciones históricas, da como resultado finalmente un individualismo acomodado e imbuido además de la “falsa sensación de claridad”, uno de los enemigos del conocimiento de los que hablaba Castaneda (luego lo comentamos si queréis…) y constituye más una reacción que un camino a la transformación.
Además, por otro lado, los resultados fueron los que fueron porque los movimientos por la “revolución final” (es verdad que con muchas diferencias entre ellos; no eran lo mismo los Weathermen que Los niños de las flores; los Pranksters que la Hermandad del Amor Eterno) no consiguieron cambiar las estructuras. Y no lo digo como si fuera fácil, obviamente, sino porque es necesario recordar el foco que debe guiar siempre la acción política; ese cambio en las estructuras...
Dicho de otro modo y de modo simple, para ir terminando… ¿Queremos quedarnos en una contemplación pseudoiluminada y privilegiada, que además, y esto es más entendible, constituye un refugio incluso para la gente con buena conciencia, ante la frustración, la rabia, la impotencia y la falta de grandes alternativas y de propuestas políticas potentes y sólidas…? ¿O, por el contrario, aprendemos de la psicodelia lo que nos posibilita ser mejores guerreras para la transformación? Lo diré de modo bruto y provocador, ¿Nos tomamos unos tripis y bailamos bajo la luna (solamente…) o además de bailar, que es fantástico e imprescindible siempre, creamos sistemas alternativos? ¿O nacionalizamos Endesa y Telefónica, y expropiamos ACS y BlackRock para que todo el mundo tenga una vivienda digna? ¿O defendemos más y mejor una sanidad y una educación públicas? A la vez que luchamos por transformarlas, porque, evidentemente, lo que hoy tenemos en esos campos, en cuanto a forma y contenido, no es lo deseable… O…, lo diré de modo quizá aún más provocador… ¿Cuántxs expertxs en “renacimientos psicodélicos” no sólo no cuestionan el capitalismo en sus bases (y hay que empezar por estudiarlo bien, por cierto, porque si no vamos ciegas) sino que incluso le hacen el juego a las grandes farmacéuticas, y a su sistema de patentes, porque “lo razonable”, “lo sensato”, es seguir las leyes del “Mercado”? ¿Cuántxs “expertxs” en psicodelia defienden una visión paupérrima y funcional al armazón capitalista de lo que es la salud y de cómo se debe abordar? ¿Cuántxs comparten su absoluta e interesada ignorancia del contexto socioeconómico al abordar esos problemas, y no cuestionan si es “sano” aprender a estar mejor adaptadas a este sistema delirante y criminal? ¿Nos quedamos en la superficie buenista, como una especie de vocecilla de la autoayuda sazonada con química, o cruzamos el “río de fuego”, como lo llamaba William Morris, y ponemos el cuerpo y la inteligencia al servicio de la lucha social? ¿Devolvemos en amor, en amor de verdad, en revolución, lo aprendido en la visión?
En los 60 existía un “chascarrillo”, se creó un “pseudodebate” en el que algunos decían: “no le den LSD al Che Guevara, no sea que deje de luchar…”. Soy de los que creo firmemente que no sólo no lo hubiera hecho, sino que hubiera seguido luchando todavía mejor, y, ojalá, por más tiempo. Así que menos li, li, li, y más la, la, la… Y como dicen en los colegios de la Isla Infinita al final de las clases, “seamos como el Che”… y como Haydee Santamaría, y como Tania “La Guerrillera”, y como Celia Sánchez…
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